ATAHUALLPA ENVÍA UN ESPÍA A POECHOS Y REAFIRMA SU CONFIANZA TRAS RECIBIR INFORME DE MAICA VILCA. Pedro Sarmiento de Gamboa relata que Atahuallpa, en su marcha sobre el Cuzco llegó hasta el pueblo de Huamachuco, donde vinieron a él dos indios tallanes, enviados por los curacas de Paita y Tumbes “a avisar… cómo allí habían llegado por la mar… una gente de diferente traje que el suyo, con barbas, y que traían unos animales como carneros grandes”. El Inca, informado asimismo de que algunos grupos costeños se plegaban a los invasores y que éstos proclamaban que venían en apoyo de Háscar. Estas reiteradas denuncias, empezaron a preocupar al comando atahuallpista. De momento, Atahuallpa “determinó de no ir al Cuzco hasta ver que cosa era aquélla y qué los Viracochas determinaban hacer”. Tal la versión española. Pero no eran los invasores los que alarmaban al Inca, sino la posibilidad de una rebelión de grandes proporciones a sus espaldas, bajo los auspicios de aquéllos. Atahuallpa seguía despreciando a los cristianos; únicamente temió la sublevación del norte tahuantinsuyano que había sujetado merced a sangrientas luchas. Fue por ello que decidió regresar a Cajamarca, para mantenerse allí a la expectativa de lo que sucediera a las orillas del Apúrimac, donde su presencia no era necesaria pues ya la catástrofe de Huáscar era inminente. La presión de los curacas costeños a él adictos, que repetían las acusaciones de que los españoles entraban robando y manifestando simpatías por Huáscar, fue motivo para que Atahuallpa destacara un espía al campo de los cristianos. El escogido fue Maicavilca, al que Betanzos llama Sikinchara, valentísimo orejón que había destacado en la guerra contra los huascaristas de la costa norte. Maicavilca, “disfrazado como indio de baja suerte”, marchó al encuentro de los invasores, encontrándolos en Poechos. Cieza cuenta que el “orejón que envió Atahuallpa de Cajamarca había llegado disimulado adonde los cristianos estaban, sin que pensasen que (no) era uno de los indios que andaban sirviéndoles: contó cuántos eran, lo mismo hizo de los caballos”. Pero la presencia del espía no pasó inadvertido para algunos indios pro‐españoles, quienes no lo denunciaron, porque le temían; pero al momento, por la misma causa, dejaron de servir a los invasores. Dicha actitud empezó a preocupar a los españoles, y Hernando Pizarro, el más furibundo, llegó a torturar a uno de los displicentes consiguiendo así que descubriera a Maicavilca. Acto seguido, Maicavilca fue tomado prisionero y Hernando Pizarro “tomándole del rebozo que traía puesto, que es el traje tallán, lo derribó al suelo y le dio muchas coces”. En silencio el noble orejón soportó tal vejamen. Acudía a Hernando a solicitar de su hermano autorización para ultimar al peligroso espía, cuando éste, en un descuido de sus guardianes, logró darse a la fuga. Vanos fueron los intentos de los cristianos por recapturarlo. Maicavilca consiguió escabullirse de Poechos y marchó a toda prisa a presentar su informe a Atahuallpa. No obstante el ultraje sufrido, Maicavilca no rectificó la pobre impresión que se formó de los invasores. Orgulloso en extremo, “llegado que fue a Cajamarca donde Atahuallpa estaba, le dijo que eran unos ladrones barbudos que habían salido de la mar”, pocos en número y viciosos, por lo cual consideraba que sería fácil matarlos a todos. Se ofreció incluso a encabezar una pequeña tropa para apresar a los invasores y hacerles pagar sus robos y demás iniquidades. Tal informe terminó por disipar las preocupaciones de unos pocos atahuallpistas sobre el supuesto peligro de la costa. Rumi Ñahui, capitán atahuallpista que desde un principio exigió la aniquilación inmediata de los invasores, fue enviado a la región de los huancas para reprimir los brotes de rebeldía. Cuenta Cieza que los atahuallpistas, “en este tiempo tan revuelto… ni querían hacer caso de los que… les estaban a las espaldas para haber el señorío supremo de sus provincias”. Atahuallpa, como jefe de todos ellos, fue quien más despreció a los cristianos, anunciando que los “tomaría cuando ellos llegasen a donde él estaba”. Con todo, encargó al fidelísimo Maicavilca seguir la marcha de los españoles y esta vez le otorgó calidad de embajador por si juzgase coveniente presentarse ante ellos. El confiado Inca “creyó que como en los tiempos de Huayna Cápac los invasores se volverían por el mar, tras una fugaz visita”. Fatal error, que a la postre le costaría un imperio.
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