AVANCE DE LOS ESPAÑOLES HASTA ZAÑA, POR JAYANCA, TÚCUME, CINTO Y COLLIQUE

AVANCE DE LOS ESPAÑOLES HASTA ZAÑA, POR JAYANCA, TÚCUME, CINTO Y COLLIQUE. Pasadas cuatro leguas adelante de Motupe hallaron los invasores el hermoso y fresco valle de Jayanca, donde fueron recibidos muy favorablemente por el curaca Caxusoli, que acababa de triunfar sobre los Tucumes del sur, un grupo Chimú que se opuso a la alianza con los invasores. Anota Cabello de Valboa “que en este valle descansaron los españoles algunos días, durante los cuales muchos principales y caciques de los valles (aledaños) acudieron a ellos a saludarles de paz y amistad”. Mientras tanto partieron en vanguardia, con la guía y auxilio de buen número de señores Lambayeques y Chimúes, Hernando de Soto y Hernando Pizarro. Pasaron a nado el “furioso y grande río de“ La Leche, y dejando atrás los pequeños pueblos de Illimo, Tucume y Mochumi entraron en Cinto, ciudad que hallaron casi vacía, pues son moradores, atahuallpistas declarados, se habían escondido en los alrededores. De inmediato, Soto envió correos a Jayanca noticiando lo que acontecía, y luego salío a explorar, logrando capturar a dos Cinteños a los cuales puso en tormento para averiguar las intenciones de sus paisanos: El capitán ‐dice Mena‐ los ”mandó atar a dos palos porque tuviesen temor; el uno dijo que no sabía de Atahuallpa, mas el otro (dijo que) hacía pocos días que había dejado con el Atahuallpa el cacique señor de aquel pueblo”. Supo asimismo Soto que “Atahuallpa estaba en el llano de Cajamarca con mucha gente esperando a los cristianos, y muchos indios guardaban los malos pasos que había en la sierra”. En realidad esas avanzadas existían, pero no tenían orden de atacar a los invasores. Empero, Soto se alarmó mucho cuando los torturados le dijeron que los atahuallpistas “tenían por bandera la camisa que el gobernador había enviado a Atahuallpa”. Fuera de sí, pretendiendo conocer más detalles sobre el plan atahuallpista, Soto torturó con fuego a los dos cinteños, pero no pudo arrancarles otra confesión. Temeroso de caer en una emboscada, el capitán español retornó a Jayanca, donde reveló a Pizarro lo averiguado. Este restó importancia a los alarmantes informes, pues no le convenía mostrar preocupación, ni ante Soto siquiera, y sin más dio orden de proseguir la entrada. Juan de Salcedo, “hombre de buen recaudo y ardid en la guerra”, marcharía en retaguardia. Para el cruce del río La Leche Pizarro ordenó “cortar árboles de la una y de la otra parte del río, con que la gente y fardaje pasase; y fueron hechos tres pontones, por donde en todo aquel día pasó la hueste, y los caballos a nado”. En Motupe Pizarro fue recibido por un “indio principal”, huascarista que hasta entonces había permanecido “escondido por temor”. Dijo éste haber presenciado la cruenta manera como el ejército atahuallpista aplastó la resistencia lugareña, matando cuatro de los cinco mil habitantes que tenía, apresando también seiscientos mujeres y seiscientos mozos que devinieron siervos de los caudillos triunfantes. Pizarro renovó ante este nuevo aliado sus expresiones a favor de los incaicos del sur, Y prosiguió la marcha. En Cinto se detuvieron por espacio de cuatro días. Conviene anotar que algunas crónicas señalan que Cinto no era nombre del pueblo, sino del caudillo atahuallpista que lo sometió, el mismo que había marchado a Cajamarca antes de la llegada de los invasores. Aquí Soto, empleando nuevamente sus salvajes métodos, logró averiguar “que Atahuallpa esperaba de guerra en tres partes, la una al pie de la sierra, y la otra en Cajamarca, con mucha soberbia, diciendo que ha(bía) de matar a los cristianos”. Pizarro empezó a preocuparse, más considerando que Maicavilca había incumplido su promesa de volver. Aunque no lo hizo público, temió ser sorprendido por los caudillos nordistas, consciente de que no había logrado engañar a Maicavilca con sus fingidas muestras de amistad. Esa preocupación le llevó a solicitar a un jefe tallán, Guachapuro según anota Trujillo, que le sirviera como espía en el campo de Atahuallpa. El noble costeño no se atrevió a aceptar tan arriesgada tarea, pero se ofreció para ir como embajador. Según refiere Xerez, habría respondido: “No osaré ir por espía; más iré por tu mensajero a hablar con Atahuallpa y sabré si hay gente de guerra en la sierra y el propósito que tiene Atahualla”. Hubo de comprenderlo Pizarro, recomendando al tallán que le informase apenas le fuera posible y con chasquis, de todo lo que viese en su marcha hacia Cajamarca. Y luego, consetudinariamente farsante, encargó que le dijera a Atahuallpa “que él sería su amigo y hermano, y lo favorecería y ayudaría en la guerra”. Finalmente, envió como regalos al Inca “una copa de Venecia, y Borceguís, y camisas de Holanda, y cuentas, (y) margaritas”, según anota Diego de Trujillo.
Tras la partida de Guachapuro, Pizarro prosiguió el avance hasta el cercano pueblo de Collique. Una embajada atahuallpista le hizo aquí un buen recibimiento, ocultando su verdadero interés cual era el de espiar: “En el valle de Collique” ‐refiere Cieza‐ “hallaron cuatro orejones, criados de Atahuallpa, (quienes) quisieron aguardar a los cristianos para verlos, y así aparecieron delante de Pizarro sin ningún pavor… Dijeron que ellos eran criados de Atahuallpa y que estaban allí recogiendo los tributos a él debidos… Su virtud mas era cautela, aunque no andaban por más que ver y oler lo que había, para con brevedad subir a dar aviso a Atahuallpa, su señor”. Breve fue la estadía de los invasores en Collique. Prosiguiendo la entrada, tras cruzar los ríos Lambayeque y Reque “en balsas de calabazos los que no sabían nadar, y las sillas e los caballos y hatos que había”, tomando dirección sur este llegaron a Zaña, “población grande y de mucha comida y ropa de la tierra, que había silos llenos de ella”. Hernando Pizarro llamó La Ramada a este pueblo, donde “visto que no volvía el mensajero de Atahuallpa” ‐según él mismo refiere‐, “quiso informarse de algunos indios que habían venido de Cajamarca; y atormentáronse, y dijeron que habían oído que Atahuallpa esperaba al gobernador en la sierra para darle guerra”. Se alarmó el jefe de los cristianos y puso a su tropa en formación de combate, enviando partidas de exploradores a los alrededores. No se halló ninguna tropa amenazante, pero la hueste invasora empezó a inquietarse. Temerosos de caer en una celada atahuallpista muchos cristianos opinaron que era mejor seguir por la “costa porque por el otro camino había una mala sierra de pasar antes de llegar a Cajamarca, y en ella había gente de guerra de Atahuallpa”. Sus voces, empero, fueron acallados por los jefes de la expedición, que estaban dispuestos a enfrentarse de una vez con Atahuallpa.