AVANCE DE LOS INVASORES SOBRE PIURA. EL CAMPAMENTO DE PAVUR Amediados de setiembre Pizarro juzgó llegado el tiempo de continuar la entrada. Se hicieron entonces los preparativos para partir de San Miguel, lamentándose la carencia de noticias sobre Almagro. En San Miguel se quedarían los enfermos y los menos audaces, junto a la mayoría de los flamantes vecinos que en calidad de guarnición se dejaba al mando a Roldán Dávila. Tampoco seguirían adelante los oficiales reales Navarro y Riquelme, ni el cura Sosa. Las crónicas españolas difieren en citar el número de los españoles que continuaron la marcha. Cieza señala ciento setenta; Molina, ciento cincuenta de a pie y caballo; Gutiérrez de Santa Clara, sesenta y dos jinetes y ciento dos peones; la Relación Francesa, sesenta jinetes y ochenta infantes y la Relación Anónima de 1533 habla de ciento sesenta, sesenta de ellos a caballo. Los protagonistas del suceso tampoco concuerdan en sus cifras: Xerez habla de sesenta y siete jinetes y ciento diez peones; Mena de sesenta jinetes y noventa a pie; Estela dice que fueron ciento cincuenta, noventa caballeros y los demás ballesteros, piqueros y arcabuceros de a pie; y Pedro Pizarro cita ciento noventa, cien de ellos peones. Por miles se congregaron los indios auxiliares: guatemalas, nicaraguas, grupos de tumbesinos, tallanes y cañaris, entre los principales. Y también considerable cantidad de negros se alistó para proseguir la entrada con los españoles. Varios de los pobladores de Tangarara lamentaron la próxima partida, temiendo que los atahuallpistas tomaran la ciudad desguarnecida y los castigaran por haberse unido a los invasores. Los testimonios cristianos hablan reiteradamente del miedo que aquellos renegados sentían por Atahuallpa. Insistieron por ello ante Pizarro para que no prosiguiese la marcha, diciéndole que “muy pequeña partida de (la) hueste (de Atahuallpa) bastaba para matar a todos los españoles… y… contaban de él muchas y grandes crueldades”, según refiere Oviedo. Pero la ambición de Pizarro iba a la par que su valentía. Ningún temor le causaron las advertencias de los comarcanos. La crisis política incaica, pensaba, debilitaría la resistencia y confiaba en su habilidad como intrigante: “divide y reinarás”, era la consigna que se repetía a sí mismo. Su plan se veía grandemente facilitado por la anarquía que desgarraba al Tahuantinsuyo. Sabía que a medida que prosiguiera la invasión habría de hallar nuevos e ingenuos aliados y por eso ordenó la partida de Tangaara “a veinte y tres días del mes de setiembre de mil quinientos treinta y dos”. El Chira, que iba algo crecido, lo cruzaron los invasores en dos balsas pequeñas; los caballos fueron a nado. Y el paso del río fue lo único que hicieron aquel día, pues acamparon a la orilla opuesta y allí durmieron. Reiniciada la marcha, a los tres días dieron en Piura. Conviene anotar que para entonces ocupaba ya la fortaleza de ese pueblo la vanguardia española. Pizarro ordenó instalar campamento para descanso de su hueste, pero antes procedió a revisarla. Habían sido tres jornadas agotadoras y muchos de sus hombres iban desanimados. En el trayecto habían sido informados por los pocos pobladores que toparon sobre la calidad de la tierra que tenían por delant; fueron informes falsos, proporcionados sin duda por partidarios de Atahuallpa, pues según relata uno de los invasores, “nos amenazaban que él nos vendría a buscar”. La Crónica Rimada ofrece testimonio de tales encuentros: “Dejando aquí unos poblados,/ van adelante siguiendo su fin,/ adonde les dicen nueva muy ruin,/ diciendo los pueblos ya ser acabados;/ que adelante eran montes despoblados,/ una casa pequeña aquí y otra allí,/ muchos quisieron volverse de aquí,/ que después se hallaron sin duda burlados”. Varios anunciaron su deseo de desertar y Pizarro, en el afán de dominar la situación, pronunció sincera y severa arenga ante sus tropas. Tras ella, ordenó al pregonero publicar que concedía autorización de volver a aquellos que no se sintieran capaces de seguir adelante. Esta invitación fue también motivada por un alarmante correo enviado por Roldán Dávila, quien, apenas salidos sus camaradas de San Miguel debió enfrentar brotes de rebeldía aun en los tallanes que habían quedado como aliaos; dijo a Pizarro que le parecían pocos los cincuenta españoles dejados a su mando para guarnecer la ciudad y solicitó pronto socrro. Nueve españoles desertaron en Piura, cinco jinetes y cuatro infantes. Otra docena se dispersó por los alrededores, sin decidirse aún a abandonar la empresa. Pero la mayoría optó por continuar, ansiosa del botín que, aseguraba Pizarro, habrían de obtener.
El descanso en Piura duraría diez días. En ese lapso, Pizarro ordenó la fabricación de nuevas armas y arreos para hombres y bestias. Merced a ese trabajo se pudo aumentar la fuerza de ballesteros, cuerpo para el cual se designó comandantes. En Piura recibió Pizarro el apoyo de algunos curacas lambayeques. Uno de ellos fue el famoso Xancol Chumbi, de Reque, a quien poco después siguió Chestan Xenfuin, curaca de Lambayeque. Pero muchos de los jefes costeños prefirieron mantenerse neutrales; no veían con buenos ojos la presencia de los invasores e incluso habrían mostrado su disconformidad con los colaboracionistas. Se sabe que Xecfuin Pisan, otro curaca que pretendía unirse a los cristianos, fue asesinado por los grupos extremistas luego que anunciara su determinación. En la segunda semana de octubre los invasores reiniciaron la marcha. Tras recorrer una jornada llegaron al pueblo del curaca Pavur, en el cual destacaba una plaza grande donde fue instalado el campamento. El cuadro que presentaba ese pueblo era desolador. Por sus comarcanos supo Pizarro que había sido destruido por las tropas atahuallpistas, al igual que otros veinte asientos de los alrededores. El curaca de Pavur y un hermano suyo, declarados huascaristas, favorecieron a los invasores luego de que el astuto Pizarro les confirmó que venían en apoyo de la causa de Huáscar Inca. Quien más se alegró con este recibimiento fue Hernando Pizarro, pues esa tierra le había tocado en el repartimiento de San Miguel.










