AVANCE ESPAÑOL A SARÁN. ENTREVISTA CON MAICAVILCA. PROYECTOS DE ATAHUALLPA. Un día después de la partida de Soto a Caxas, Pizarro abandonó Piura con el resto de sus tropas. A poco, aumentaron las deserciones, luego de que se escuchó hablar a los comarcanos de un posible ataque atahuallpista. No era cierto el rumor pero bastó para que siete invasores abandonaran la entrada y se retiraran hacia San Miguel, por miedo a la resistencia peruana y “temor a los malos caminos y poca agua”. Mediodía de marcha bastó a la hueste de Pizarro para llegar hasta la fortaleza de Sarán, hallando en ella esperándole al curaca de ese pueblo, cuya gente acudió al recibimiento de los españoles portando variados bastimentos. Se pasó allí la tarde y la noche, informándose Pizarro de los sucesos que se desenvolvían en el sur del imperio. No obstante ser huascaristas, los de Sarán manifestaron que el triunfo de Atahuallpa era inminente. Por esos días, el ejército incaico de Huáscar al mando de Huanca Auqui había sido destrozado en Yanamarca por las tropas de los caudillos atauallpistas Apo Quisquis y Chalco Chima. Con ello, Atahuallpa lograba el control de todo el valle del Mantaro, núcleo central del Tahuantinsuyo. De la fortaleza marcharon los invasores al pueblo de Sarán, donde conforme a lo acordado esperarían la vuelta de Soto. Menciona Estete que allí estuvieron “por algunos días, dándonos los naturales de la tierra muchos mantenimientos”. En ese lapso Hernando Pizarro salió a explorar los alrededores, encontrando el camino a Cajamarca. Poco después volvía la vanguardia de Soto y con ella el embajador de Atahuallpa, quien se presentó como “indio de gran soberbia”, según anotación de Trujillo. Otro de los invasores, Miguel Estete, citó por su parte que Maicavilca “entró con tanta desenvoltura a donde el dicho Pizarro estaba, como si toda su vida se hubiera criado entre los españoles”. Mientras que Pedro Pizarro escribió que en “Sarán salió el mismo indio llamado Apo que dije en Poechos haberle atropellado Hernando Pizarro”. Lo primero que hizo el noble atahuallpista fue anunciar su calidad de embajador. Dijo a Pizarro “cómo su señor Atahuallpa le enviaba a él desde Cajamarca en busca suya, creyendo que se hallara en Caxas, y como halló allí a su capitán se vino con él a le traer aquel presente que Atahuallpa le enviaba…; y que le enviaba decir que él tenía voluntad de ser su amigo y de esperarle de paces en Cajamarca”. Evidentemente, Atahuallpa tampoco jugaba limpio. Nada cierto había en esa voluntad de ser amigo de los cristianos. Preocupado en esos días por los acontecimientos que se desarrollaban en el Apurímac, poca atención había concedido a la extraña aparición de invasores por la costa. Sin embargo, varios de sus más perspicaces consejeros, Chalco China entre ellos, le aconsejaron destrozar cuanto antes a esas gentes pues repetidamente proclamaban venir en apoyo de Huáscar Inca. Fue por ello que, como hemos visto, Atahuallpa destacó espías al campo español, recibiendo a través de ellos informes tranquilizadores. Los barbudos eran pocos y no parecían tan temibles. Maicavilca y otros atahuallpistas no concedieron ninguna importancia a los miles de guerreros indios que iban alineándose con ls españoles, despreciaban a los núcleos locales y en nada respetaban a los indios extranjeros. Así, pues Atahuallpa, pese a las tercas advertencias de Challco Chima y Rumi Ñahui, no quiso estorbar el paso de aquellos que venían robando la tierra, sino que proyectó cogerlos vivos cuando estuvieran cerca a Cajamarca. Y Maicavilca fue el encargado de invitarlos a la trampa. Por eso, mintió en Sarán al decir que su señor holgaba mucho con la llegada de los cristianos. De momento, Pizarro no aceptó la invitación; sagazmente, la tuvo por sospechosa, más aún cuando luego de que Soto le refiriera la bravata del orejón en Caxas. Se conformó con devolver los cumplidos diplomáticamente y en un alarde de cinismo ofreció apoyo bélico a Atahuallpa: “El gobernador ‐se lee en Oviedo‐ recibió el presente y respondió que él holgaba mucha de su venida, por ser mensajero de Atahuallpa, a quien él deseaba mucho ver y conocer por los nuevos que de él tenía; y que así como tuvo de él noticia y supo que había conquistado la tierra, haciendo guerra a sus enemigos, determinó de no parar hasta verle y ser su amigo y hermano, y favorecerle en su conquista con los españoles que traía”. Maicavilca supo entonces ocultar una sonrisa de incredulidad; frente a él tenía a un pillo de alto vuelo.
Según Estete, Maicavilca permaneció en el campamento español dos o tres días. En ese tiempo se dedicó a sus afanes de espionaje. Tal mencionó Pedro Pizarro: “fue la venida de este indio para contar la gente cuántos eran, y así andaba de español en español, tentándoles las fuerzas a manera que burlaba, y pidiéndoles que sacasen las espadas y las mostrasen”. El orejón llegó al extremo de tirar de las barbas a un cristiano, el que reaccionó violentamente. Francisco Pizarro acudió presto a poner orden y mandó que no tocasen a Maicavilca por más que se propasase en sus audacias; aunque intentó amedrentar al espía, ordenando se hiciese frente a él un disparo de cañón. Fracasó Pizarro en su afán, pues el valiente atahuallpista no se inmutó ante la sonora explosión: “no mudó jamás el semblante ‐relató Diego de Silva y Guzmán‐; antes mostr(o) el rostro constante”. Maicavilca preguntó por la intención de los españoles entrando en tierra ajena. Las respuestas fueron disímiles y el orejón no las tomó seriamente. Tras ello, optó por retirarse cordialmente. Pizarro, al despedirlo, le entregó “ciertas camisas y sartales de cuentas de España de vidrios, jaspes y otras cosas” para que se las entregara a Atahuallpa en reciprocidad del regalo recibido. De regreso a Cajamarca, Maicavilca casi repitió su anterior informe. Son “unos hombres ladrones, haraganes”, fue lo que dijo a Atahuallpa, según Pedro Pizarro, aconsejando preparar “muchas sogas para atarlos, porque venían muy medrosos”. En ese último detalle no se equivocaba Maicavilca, como veremos más adelante. Pero fatal error suyo fue el referirse en la poca peligrosidad del enemigo. No los consideró tales que pudiesen vencer a soldados de Atahuallpa, que se tenían por los mejores del mundo. Yacovilca, el espía huascarista introducido en Cajamarca, fue testigo de cómo los atahuallpistas menospreciaban a los invasores; “por ser pocos y los suyos muchos y tener entendido que en el mundo todo no había gente que los pudiese dominar ni vencer ni fuee más valiente que ello”. El propio Maicavilca propuso a su señor comandar una pequeña tropa para emboscar a los españoles en el camino a Cajamarca y hata solicitó perdón para tres de ellos, que a su juicio podrían ser de utilidad como servidores yanaconas: “yo te los daré atados a todos, porque a mí solo me han (tenido) miedo, ‐dijo al Inca‐, y… no haz de matar a tres de ellos… el herrador, el barbero que hac(e) mozos a los jóvenes, y a Hernán Sánchez Morillo, que (es) gran volteador”. Atahuallpa creyó a pie juntillas el nuevo informe, ante el escándalo de Rumi Ñahui, quien no podía consentir el mal trato que los invasores iban dando a los atahuallpistas de la costa, de lo que se informó por Maicavilca y otros espías a su servicio.










