CARTAS A ESPAÑA

CARTAS A ESPAÑA. AVANCE DE SARÁN A OLMOS Y MOTUPE. GRUPOS CHIMÚES SE UNEN A LOS INVASORES. Luego de la partida de Maicavilca, aún permaneció un par de días más en Sarán la hueste invasora, principalmente para permitir el reposo de las tropas de Soto y Hernando Pizarro que habían estado explorando los alrededores. En ese tiempo, decidida ya la marcha sobre Cajamarca, Pizarro remitió cartas a los de San Miguel, dándoles razón acerca de los últimos sucesos y enviándoles conjuntamente una parte del regalo que Maicavilca trajera, prendas de vestir confeccionadas con fina lana de auquénidos, vestidos que supuso, “con fundamento, en España y en todo el mundo se estimarían por muy rica y sutil obra”. Desde Panamá, el 20 de octubre, Hernando de Luque remitiría carta al emperador, noticiándole que Almagro era ya partido para el Perú y que no había podido acompañarlo porque su presencia en Panamá era más úil. Por eso entonces el clérigo atestiguaría que Hernando Pizarro empezaba a “manifestarse como causa de la discordia” entre Almagro y Francisco Pizarro. Premonitoriamente habló en esa “carta de que algún día habr(ían) los escándalos” entre ellos. No se equivocó el maestrescuela cuando escribió que “mientras Hernando Pizarro estuviese en la tierra… jamás podrían tener paz ni conformidad”. Recomendó devolver al alborotador a Castilla con dos mil pesos de buen oro para que reposara y dejara en paz a los conquistadoes del Perú. Manifestó luego que él y sus amigos capitalistas habían prácticamente quebrado, razón por la cual hubo de suplicar de la corona el remedio. Terminó su carta calificando a “Almagro de amigo de todos”. Por desgracia, la muerte no le permitiría a Luque seguir abogando por el desventurado tuerto. También de Panamá, y ese mismo 20 de octubre, el licenciado Espinoza escribía al emperador, informando de que en la segunda semana de ese mes había llegado al istmo dos navíos procedentes del Perú, por cuyos tripulantes se sabía que los españoles habían avanzado hasta Piura. Espinoza habló también de las discordias entre Pizarro y Almagro, según él alentadas por terceros. De otro lado, no dejó de reconocer a la corona pusiese atención a lo que iba haciendo Pedro Alvarado, que también ambicionaba señorío en el Perú.
Dos días luego de la partida de Maicavilca, como ya adelantáramos, los invasores dejaban Sarán. Hallaron a su paso ‐según la versión del soldado Mena‐ “destruídos los más de los pueblos y los caciques ausentados”. Cada dos leguas, casi invariablemente, encontraban un tambo, donde descansaban. El camino era hermoso a no ser por las huellas de la guerra: “era la mayor parte ‐dice un testigo‐ tapiado de las dos partes y (con) árboles que hacían sombra”. Durante tres días ‐cuenta Xerez‐ no hallaron agua; apenas “una fuente pequeña de donde con trabajo se proveyó”. Cruzaron así el temido despoblado de Pavur y los tambos del tránsito los hallaban totalmente desprovistos. Al cabo, encontraron “una gran plaza cercada, en la cual no se halló gente”. Por los indios auxiliares se enteraron que estaban en tierra del curaca Copiz, quien a la sazón se hallaba en el interior. Esa tierra era Olmos. Al hacerse la sed insoportable, decidieron proseguir la marcha. Al día siguiente toparon con otra fortaleza, donde si bien fueron recibidos sin hostilidad por indios de allí se presentaron no hallaron ningún tipo de mantenimiento. Continuaron entonces el avance y tras recorrer dos leguas entraron en el pueblo de Motupe, que se ofreció hospitalario. Allí descansaron por espacio de cuatro días, sin ser molestados, no obstante estar el asiento bajo gobierno de un capitán atahuallpista. Evidentemente Atahuallpa, despreciando a los invasores, había dado orden de no estorbarles la entrada, pensando que los apresaría fácilmente en Cajamarca. El curaca de Motupe, que era el mismo capitán atahuallpista, había marchado a Cajamarca a la cabeza de trescientos guerreros. En Motupe tuvo lugar la adhesión de la nobleza Chimú a los invasores. Cajazinzin, señor de Moche, Virú, Chicama, Jequetepeque y Collique, que había favorecido a Huáscar en la guerra civil, llegó desde el sur, acompañado de varios curacas ofreciendo sus servicios a Pizarro. En este caso, a diferencia de los anteriores, no pretendió Cajazinzin aprovechar la coyuntura para alzarse contra los Incas y recuperar su autonomía, sino que acató órdenes de emisarios enviados desde el Cuzco por Huáscar.
La crónica española relata que “por este motivo, lejos de resistir la entrada de los españoles, sirvió a éstos últimos con ánimo de que destruyesen a Atahuallpa, el cual venía devastando el territorio confinante con sus dominios”. Demás está describir el inmenso regocijo que causó a Pizarro la llegada de este nuevo y poderoso aliado.