CUARTEL ESPAÑOL EN POECHOS

CUARTEL ESPAÑOL EN POECHOS. SEGUNDA FASE DE LA RESISTENCIA DE LOS TALLANES. HEROICA LUCHA DE CANGO E ICOTU, CURACAS PATRIOTAS. El cuartel general de Poechos se estableció en una fortaleza situada “a un tiro de ballesta” del pueblo. Hasta allí empezaron a llegar abundantes provisiones conducidas por los indios aliados que “hacían con gran inteligencia todo lo que los españoles les mandaban”. Vale esta cita para destacar el nuevo cuadro social que aparecía en el país invadido: Los españoles mandaban y los indios obedecían. Creyéndose seguro, Pizarro despachó partidas de reconocimiento a los alrededores. Le interesaba saber si existía un puerto cercano; era urgente tener lista la comunicación por mar. Diego de Almagro, a la cabeza de refuerzos, estaría por llegar. Uno de los grupos que partió de Poechos halló pronto “buen puerto a la costa de la mar:” era Paita lugar al que llegaban siguiendo el río hasta su desembocadura en el océano. Refiere Estete que siguiendo el río “descubrióse todo hasta el mar”. Paita en aquel tiempo estaba poblada por “buenos caciques” ‐dice Oviedo‐, “señores de mucha gente”. Pizarro mismo salió a reconocer “los pueblos del río abajo”, quedando satisfecho de su inspección y proyectando establecer allí una fundación. En ese pensamiento despachó correos a Tumbes ordenando a Belalcázar venir en su seguimiento. Y casi de inmediato ordenó también la partida de Hernando, porque le pareció mucho mejor enviar con el mensajero a “persona de autoridad a quien el cacique e indios de Tumbes tuviesen respeto, temor y acatamiento, para que ayudasen a venir a la gente y traer fardaje”. La salida de Hernando Pizarro al norte de Poechos camino de Tumbes sirvió para descubrir nuevos focos tallanes de resistencia. En efecto, el capitán general de la tropa invasora, logró enterarse en el trayecto que Cango e Icotu, dos famosos curacas de la sierra inmediata río arriba, además de otros “comarcanos a ellos”, se disponían a resistir a los españoles. Cuando se envió indios aliados a exigir de aquéllos pleitesía, respondieron orgullosamente que “no querían venir de paces ni les placía la vecindad de los cristianos”. Tornó Hernando con la noticia a Poechos y su hermano Francisco determinó sin dilación el castigo de los “alzados”. Una tropa de veinticinco jinetes y peones españoles, acompañada por crecido número de indios aliados, salió de Poechos en demanda de los patriotas. Cango e Icotu conociendo la aproximación del enemigo, evacuaron sus pueblos y se situaron en un paso del interior, dispuestos a combatir. Hasta allí a buscarlos los invasores y entonces se trabó desigual batalla. Desigual porque tanto en número como en armamento, los guerreros de Cango e Icotu llevaban las de perder. Pese a ello, los bravos tallanes no aceptaron la rendición que les fue exigida, y presentaron lucha. Esta fue breve, aunque sangrienta, pues los de la resistencia vendieron caras sus vidas y antes que huir prefirieron morir combatiendo. La masacre no logró que la resistencia cejara. Los resto de Cango e Icotu se replegaron, pero anunciando que la lucha continuaba. Por ello el jefe de la tropa invasora los amenazó con la destrucción completa si no venían en paz. Hubo discusión en el campo patriota y el comando consideró finalmente que librar una nueva batalla contra enemigo tan poderosoera exponerse a un total exterminio, con lo cual la resistencia acabaría; era mejor optar por una fingida paz esperando la llegada de mejor momento para reiniciar la lucha armada. Así lo convinieron todos y marcharon a entrevistarse con Pizarro que sin abrigar mayor recelo, pese a su conocida astucia, les ordenó “volver a sus pueblos y que recogiesen su gente y se sosegasen en sus casas y haciendas”. Cango e Icotu así lo prometieron y el caudillo cristiano consideró “pacificada aquella provincia”. Se equivocaba; otros caciques tallanes se aprestaban a resistir a los invasores.