EL CAMINO DE LA SIERRA. FATAL CONFIANZA DE ATAHUALLPA

EL CAMINO DE LA SIERRA. FATAL CONFIANZA DE ATAHUALLPA. LAS MATANZAS DEL CUZCO. Antes de emprender el ascenso de la cordillera, Pizarro creyó oportuno conceder un descanso a sus tropas “y al pie de la sierra reposaron un día”. Hubo junta de capitanes y personas experimentadas, con quienes Pizarro fue preparando el plan de guerra. A la mañana siguiente ‐8 de noviembre según dato de Juan José Vega‐ Pizarro pasó revista a sus huestes y a los indios auxiliares. “Luego dejando a la mano derecha al camino que había traído, porque aquel va siguiendo por aquellos valles a Chincha, y este otro va a Cajamarca derecho”, inició la ascensión de la cordillera “por una sierra pelada de muy malos pasos”. En retaguardia marchaban cincuenta españoles, veinte de ellos jinetes, al cuidado del fardaje que conducían los auxiliares nativos. Adelante iban cuarenta jinetes y sesenta peones, encabezados por los Pizarro y Soto. Salcedo recibió órdenes precisas de ir “muy concertadamente” y se movería sólo tras recibir autorización de Pizarro. Tan dificultoso se presentaba el camino que “los caballeros llevaban sus caballos de diestro”. Y no tardó en declararse el miedo entre los invasores. “Algunos de los cristianos ‐cuenta Cieza‐ como comenzaron a subir a la sierra, murmuraban de Pizarro porque con tan poca gente iba a meterse en las manos de los enemigos; que mejor hubiera sido aguardar en los llanos, que no andar por sierras, donde los caballos valen poco”. Pizarro acalló esas quejas diciendo que ya era tarde para retroceder. Intuía el hábil caudillo que Atahuallpa no los estorbaría sino hasta llegar a Cajamarca. Así se lo habían comunicado espías tallanes infiltrados en el campamento incaico. De habérselo propuesto, Atahuallpa hubiese destrozado fácilmente a la hueste invasora en esa sierra, de ello dejaron testimonio varios de los cristianos. Hernando Pizarro, que iba por capitán general, relataría que “el camino era tan malo que de veras si… nos espera(ran)… muy ligeramente nos llevaran, porque aun del diestro no podíamos llevar los caballos por los caminos, y fuera del camino ni caballos ni peones. Y en esta sierra hasta llegar a Cajamarca hay veinte leguas”. Estete, testigo del suceso, diría “que si Atahuallpa se previniera de tener allí gente, fuera excusado pasar adelante… (pero) teniéndonos en muy poco… dio lugar y consintió que pasásemos por aquel paso, y por otros muchos tan malos como él; porque… su intención era vernos… y después de holgarse con nosotros tomarnos los caballos y las cosas que a él más le placían y sacrificar a los demás”. Otro de los Pizarro, Pedro, señala que tras escuchar los informes de Maicavilca Atahuallpa se despreocupó mucho “porque si nos tuviera en algo enviara gente a la subida de la sierra, que es una cuesta de más de tres leguas, muy agria, donde hay muchos pasos malos y no sabidos por los españoles. Con la tercera parte de la gente que tenía, mataran a todos los españoles que subieran a lo menos la mayor parte, y los que escaparan volvieran huyendo y en el camino fueran muertos… al subir esta sierra no faltó temor harto, temiendo hubiese alguna gente emboscada que nos tomase de sobresalto”. En verdad Atahuallpa estaba asombrado de la audacia de los invasores. Pese a lo cual persistió tercamente en menos preciarlos. Menciona Sarmiento de Gamboa que por entonces hubo otro consejo en Cajamarca, llegándose a la conclusión de que los invasores no “eran dioses”. Luego, continúa el autor de ʺHistoria Índicaʺ, Atahuallpa “aderezó su gente de guerra contra los españoles”. El dato también figura en la Crónica de Cieza: en Cajamarca “se decía cómo aquellos barbados haraganes… por no servir, andaban de tierra en tierra comiendo y robando lo que hallaban”. El Inca finalmente aceptaba la guerra a los españoles, pero antes de liquidarlos ‐tarea fácil pensaba‐ había decidido “prender al gobernador” en Cajamarca, donde le prepararía una trampa. Asimismo tenía previsto “tomar los caballos y yeguas que era la mejor que le pareció para hacer casta”. Encerrándolos en Cajamarca, tal era el plan del Inca, los cristianos serían sacrificados al Sol. “Pensaba tomarnos a manos”, relata Juan Ruiz de Arce. Y había hasta pensado en perdonar a algunos, “para castrarlos (y ponerlos al) servicio de su casa y guarda de sus mujeres”. Para Atahuallpa, en esas horas decisivas, el éxito de su proyecto dependía de que los invasores entrasen a Cajamarca; allí ‐creía‐ no hallarían escapatoria. Lejos estaba de sospechar que esa trampa se volvería contra él y los suyos. Tras mediodía de subida, los invasores llegaron hasta una fortaleza situada “encima de una sierra en un mal paso”, según referencia de Xerez, donde descansaron y comieron. Padecían ya el cambio de clima y la altura afectaba principalmente a los caballos, “pues algunos de ellos se resfriaron”.
Prosiguiendo el ascenso, al llegar la noche del primer día, encontraron un pueblo (¿Tingues?), donde había “una casa fuerte, cercada de piedra y labrada de cantería, tan ancha la cerca como cualquier fortaleza de España, con sus puertas”. Cómodamente durmieron allí los invasores y parte de su contingente aliado. No habiendo encontrado contratiempo en la marcha, Pizarro envió mensajero ante Salcedo, el jefe de su retaguardia, ordenándole venir en su seguimiento. Poca gente hallaron en ese pueblo; apenas mujeres y ancianos. Se apresaron a dos de éstos que sometidos a tormento confesaron que desde varios días antes Atahuallpa ocupaba Cajamarca pero ue ignoraba sus intenciones respecto a los cristianos, aunque “habían oído que quería paz”. A todas luces mentían, porque ese pueblo era totalmente adicto a Atahuallpa, razón por la cual sus hombres habían marchado ante el Inca, antes de la entrada de los cristianos. Esa noche llegó a la tienda de Pizarro un correo de Guachapuro, el embajador tallán que Pizarro destacó ante Atahuallpa. Informaba “que en el camino no había hallado gente de guerra”. Al siguiente día, antes de reemprender la marcha, Pizarro envió mensajero al jefe de su retaguardia, dándole a saber “que caminaría pequeña jornada por esperarle, y de allí caminaría toda la gente junta”. Esa pequeña jornada llevó a los invasores hasta un llano cercano a unos arroyos de agua. Plantaron allí campamento, a la espera de los de Salcedo. al parecer, estaban en Nancho. Abrigándose bajo sus toldos de algodón y haciendo fuego, combatieron el intenso frío de la cordillera. La tierra, cuenta un testigo, se presentaba “rasa de monte, toda llena de una yerba como esparto corto… y las aguas eran tan frías, que no se podían beber sin calentarla”. A un mismo tiempo, llegaron al campamento español los de retaguardia y una embajada de Atahuallpa. Pizarro recibió con gran beneplácito a esta última, más aún cuando vio que traían como regalo diez hermosos auquénidos: con ellos se saciaría el hambre de la hueste. Se le preguntó cuándo se presentaría ante el Inca, a lo cual respondió “que él iría lo más pronto que pudiese, pues deseaba abrazar cuanto antes a su hermano”. Almorzaron juntos los embajadores atahuallpistas y los capitanes españoles, girando la conversación en torno a los últimos sucesos políticos acaecidos en el sur. Justificaron los de Atahuallpa la lucha de su caudillo y dijeron que el Cuzco había caído ya en poder de sus tropas, tras los combates decisivos librados a orillas del Apurímac. Conforme relata Hernando Pizarro, esos emisarios señalaron que toda la tierra estaba por Atahuallpa y que Huáscar era prisionero. Efectivamente, por esos días tenían lugar en el Cuzco las terribles matanzas de la facción huascarista. El informe no dejó de alarmar a Pizarro, que quiso dudar de la veracidad de los embajadores. Suponía que querían únicamente atemorizarlo. Por ello, recuperándose un tanto, respondió cínicamente que se alegraba del triunfo de Atahuallpa y que esperaba hacer él alianza, pero que si no lo quería ‐he aquí la muestra del temor pizarrista‐ preparado estaba para hacerle la guerra. A Pizarro de ninguna manera le convenía mostrarse temeroso; de allí la inesperada bravata. Refiere Xerez, asistente al hecho, que los embajadores atahuallpistas, tras escuchar la amenaza de Pizarro, quedaron como atónitos. No era para menos. El jefe cristiano que hasta entonces se mostrara como posible amigo ahora descubría, tal vez en un rapto impensado, sus verdaderas intenciones. Era ello consecuencia de las noticias de que Huáscar estaba prisionero. Así pues, los embajadores, sin contestarle, manifestaron luego su deseo de regresar a Cajamarca y se despidieron.