EN EL CUZCO Y CAJAMARCA SE MANIFIESTA MAYOR ATENCIÓN POR LOS INVASORES

EN EL CUZCO Y CAJAMARCA SE MANIFIESTA MAYOR ATENCIÓN POR LOS INVASORES. A medida que se acercaban los invasores a Cajamarca crecía la expectativa en el campo atahuallpista. El historiador Antonio de Herrera menciona que el Inca tenía entonces ya acordado “que no convenía que (aquellos) tomasen pie en tierra y trató de ello diversas veces en su consejo”. En las reuniones donde se celebraron los triunfos sobre Huáscar a orillas del Apurímac, hubo discusión también sobre cómo procederían ante los españoles. “Se trató de la forma que se había de tener en limpiar (la tierra) de aquellos hombres, y sobre ello hubo entre sus capitanes diferentes pareceres: Porque unos querían que fuese un capitán a ellos con ejército; otros decían que aunque los extranjeros no eran muchos, eran valientes, y la ferocidad de sus rostros y personas la terribilidad de sus armas, la ligereza y bravura de aquellos sus caballos pedían mayor fuerza”. Estas opiniones eran las de los caudillos cercanos a Rumi Ñahui. Porque otros “estimando en poco estas razones, aconsejaban que no había para qué hacer tanto caso de aquellos hombres, pues que fácilmente podrían ser tomados para servirse de ellos, como esclavos yanaconas”. Atahuallpa fue uno de los menos recelosos, “juzgando que más a su salvo podría hacer lo que pretendía de ellos mientras más adentro los tuviese en la tierra, que en la (zona) marina, pues que en sus navíos se podrían allí salvar”. Gracias a ello, los invasores prosiguieron la entrada sin tropiezos. En el Cuzco entre tanto llegaban nuevos informes procedentes del norte. En la capital de los Incas crecía el rumor de que los invasores eran seres sobrenaturales, “justicieros Viracochas” que llegaban en socorro de Huáscar. Titu Cusi Yupanqui, sobrino del Inca, escucharía las relaciones de los correos, quienes decían, de los españoles: “Sin duda no pueden ser menos que Viracochas, porque… vienen por el viento y es gente barbuda y muy hermosa, muy blancos, comen en platos de plata y las mismas ovejas (caballos) que los traen a cuesta, las cuales son grandes tienen zapatos de plata; hechan illapas (rayos) como el cielo. Mira tú si semejante gente, y que de esta manera se rige y gobierna, serán Viracochas. Y visto por nuestros ojos, hablar a solas con paños blancos y nombrar algunos de nosotros por nuestros nombres sin se lo decir nadie, no más de mirar el paño (papel) que tienen delante. Y más que es gente que no se les aparecen sino las manos y la cara; y las tropas que traen son mejores que las tuyas, porque tienen oro y plata; y gente de esta manera y suerte ¿qué pueden ser sino Viracochas?”. El estamento religioso, grupo de poder en el Cuzco, aceptó esa versión conforme relata Cieza: “tenían tal acontecimiento por milagro; creían que dios todopoderoso, a quien llaman Ticsi Viracocha, envió del cielo aquellos hijos suyos para que apoyasen a Huáscar Inca”. Y hubo españoles que advirtieron la diversa impresión que causó entre atahuallpistas y huascaristas la presencia de los invasors: “el nombre de Viracocha nos pusieron sólo los vecinos del Cuzco y aficionados a Huáscar, porque en el campo de Atahuallpa… no los llamaban sino Zungasapa que quiere decir barbudos”. Entre la gente común del Perú, la creencia en los Viracochas fue mayoritaria. Anota Juan José Vega que ese encanto no tenía otro origen que la mentalidad mágica de los nativos: “Estos, ignorantes de la existencia de otros continentes, no tenían más explicación que darse sino la de que los llegados habían salido de las aguas del océano. Eran, por tanto, los Viracochas de los cuales hablaban viejos mitos; esos mismos Viracochas que fugazmente aparecieron durante los últimos años del reinado de Huayna Cápac, sin que los indios supiesen jamás que se trataba apenas de los breves desembarcos españoles en playas septentrionales durante l segundo viaje de Francisco Pizarro”.