ENTRAN LOS INVASORES EN TIERRA DE LOS TALLANES

ENTRAN LOS INVASORES EN TIERRA DE LOS TALLANES Y ENFRENTAN A LA RESISTENCIA PATRIOTA EN POECHOS. Tumbes estaba totalmente destruido, resultado de las batallas libradas allí entre huascaristas y atahuallpistas poco antes de la aparición de los españoles. No había más la ciudad que asombrara a Pedro de Candia cuando el segundo viaje de Pizarro. Además, se hallaba en gran parte despoblado. Tras la tenaz resistencia presentada a los invasores, los pobladores marcharon al interior dispuestos a proseguir la lucha, y no todos volvieron luego de la capitulación de Chirimasa. La situación de los españoles en Tumbes no era pues la más propicia y Pizarro consideró necesario pasar adelante, proseguir la invasión del Perú. Así, el 16 de mayo de 1532 “acordó el gobernador de se partir de allí con alguna gente de pie y de caballo en busca de otra provincia que fuese más poblada para asentar en ella y poblarla”. Antes, decidió que en Tumbes quedara por su teniente Sebastián de Belalcázar, con los españoles que quedaran en guarda del fardaje y con los que, por temor, desistieron de continuar la entrada. Adelante marchó Hernando de Soto con escogidos jinetes. Luego Francisco Pizarro con el grueso de la expedición, incluidos los cientos de auxiliares indios, cargueros y guerreros, más los negros esclavos. Y en retaguardia se colocó Hernando Pizarro, “con la gente enferma y escoltado por peones”. En la primera jornada de viaje ‐refiere Oviedo‐ los invasores llegaron hasta un pequeño pueblo donde reposaron. Prosiguió al siguiente día la marcha y recién al cabo de tres jornadas encontraron otro poblado, gobernado por el curaca Silan. Porras supone situado este pueblo entre los cerros de la Brea, y menciona que los invasores bautizaron por Juan a su curaca. Los nativos, impresionados por la presencia de gente tan extraña, no obstaculizaron su paso y entonces pudo “reposar al gobernador allá tres días, porque la gente iba fatigada”. La entrada se haría luego bastante fatigosa. Los invasores encontraban sólo “arenales muertos, donde padecieron grandísima sequía por el mucho calor y falta de agua”. Según testigos que a poco desertaron, “no hallaron tierra donde poder parar un día ni de comer para los españoles ni aún yerba para los caballos”. Esos pocos animosos expedicionarios se quejaron entonces de “que lo más rico de esta tierra lo deja(ban) en aquello de Tacamez y Santiago y las provincias a ellos cercanas. Pero el panorama varió cuando tuvieron cerca el poblado de La Solana, de donde, tras breve reposo, continuaron hacia Poechos, pueblo situado cerca al río de La Chira o de los Tallanes, nombre de la nación que poblaba sus orillas, desde el mar hasta la sierra. El soldado Miguel Estete hasta se dio tiempo para describir el esperanzador paisaje que se ofrecía a sus ojos: “Este río de Tallanes era muy poblado de pueblos y muy buena ribera de frutales, y tierra muy mejor que la de Tumbes, abundoso de comidas y de ganados”. Pacífico fue el recibimiento que los pobladores del valle ofrecieron a los invasores. Gracias a ello, Pizarro determinó descansar allí algunos días. Para este tiempo, también los incaicos huascaristas tenían noticias acerca de la aparición de los invasores en la costa. Cuenta Garcilaso que en el camino de Tumbes a Poechos se presentó ante Pizarro un embajador huascarista, rindiéndole pleitecía en nombre de su Inca, cuya corte consideraba cierta la pretendida divinidad de los invasores. El astuto jefe cristiano proclamó entonces que venía enviado por dios para ayudar a la causa de Huáscar, quien, se le informó, resistía a duras penas el avance de los incaicos atahuallpistas. Fue la primera noticia que Pizarro obtuvo acerca del conflicto civil incaico que habría de facilitar sus planes. Y de inmediato, se autoerigió árbitro supremo. Satisfecho con su respuesta, el embajador huascarista, posiblemente el que las crónicas nombran Huamán Mallqui Topa, se volvió al sur, para informar a Huáscar sobre el ʺéxitoʺ de su gestión. Oviedo narra que en Poechos Pizarro recibió la visita de varios curacas de los pueblos vecinos, quienes le manifestaron haber sido recientemente sojuzgados por los incas. Sabedor de que aquellos jefes nativos añoraban su autonomía, Pizarro les ofreció alianza, que los ingenuos curacas aceptaron pronto. Muy astutamente, para ʺlegalizarʺ su conquista, el jefe cristiano, sin que sus auditores lo notaran siquiera, les iba notificando el requerimiento en virtud del cual los territorios de esos curacas pasaban al dominio del imperialismo esañol. Los tallanes lo dejaban hacer sin prever las consecuencias de tal actitud. Así, los flamantes aliados fueron “recibidos por tales vasallos de sus majestades por autoridad, ante notarios”. Satisfecho con lo obrado y considerándose con derecho, Pizarro efectuó luego el reparto de indios e indias entre sus soldados y demandó de los naturales el acopio de bastimentos. Se establecía rápidamente la esclavitud y el tributo. A través de un pregonero el jefe español mandó que no se hiciese maltrato a los nativos “puesto que venían de paces”.
Pero no todos los grupos tallanes ofrecieron apoyo a los invasores. Diego de Trujillo, militante de la infantería española, relataría que poco tardó en manifestarse la resistencia de cierto grupo que se había retirado anteladamente del pueblo. Noticiado de ello, Pizarro despachó de inmediato una fuerza represiva a las órdenes de Sebastián Belalcázar. En las cercanías de Poechos tuvo lugar la primera resistencia armada de los tallanes. Cruentos combates se libraron, con muerte de muchos nativos, heroicos defensores de su suelo. De los indios pro‐cristianos también murieron varios. Y aún el extremeño Juan de Sandoval terminó allí sus días cuando, atrevido, incursionó en el interior dispuesto a ʺranchearʺ. Pese al duro revés sufrido, los tallanes de Poechos no se rindieron. Retrocedieron, sí, hacia la tierra de los curacas de La Chira y Amotape, con la mira de ganarlos para su causa.