ESPAÑOLES DESEMBARCAN EN TUMBES Y ENFRENTAN LA TÁCTICA DE “TIERRA ARRASADA”

ESPAÑOLES DESEMBARCAN EN TUMBES Y ENFRENTAN LA TÁCTICA DE “TIERRA ARRASADA”. PIZARRO PIDE PAZ Y SE RECHAZA SU PROPUESTA. Amaneció el segundo día de invasión con los cristianos algo reconfortados y esperanzados con las reconvenciones, arengas y promesas que durante la noche les hicieran los capitanes más experimentados. Desde la costa, Francisco Pizarro ordenó el desembarco, encargando a su hermano Hernando la tarea de supervigilarlo, en tanto él, con escogida escolta, salía a explorar los contornos: “más de dos leguas anduvo el gobernador sin poder a ver habla con indio alguno, que todos andaban por los cerros con las armas en las manos”. Eran las partidas de avanzada de Chirimasa. Repentinamente, vino a salirle al camino un indio tumbesino, a tal punto vil que abandonaba la causa de sus hermanos por salvar su propiedad privada. Era sin duda influyente este “indio de Tumbes que vino de paz, el cual dijo al Marqués Pizarro que él no había querido ir con los demás, y que mandase que no le robasen la casa”. Seguramente, en lo más íntimo de su ser, Pizarro despreció a ese renegado, cuya bajeza era sorprendente; pero como aliado no pudo presentársele entonces otro mejor y por eso “el Marqués le dijo que hiciese poner una cruz donde vivía, y que él mandaba que no le robasen la casa”. Rodrigo Núñez, encargado de repartir las provisiones, recibió orden de echar un pregón que la casa donde viesen una cruz no llegasen a ella. Esta precaución revela a las claras que Pizarro tenía proyectado cobrar venganza de los tumbes: “les había cobrado odio ‐relata Cieza‐ (y) deseaba castigar la muerte de los dos (o tres) cristianos”. Este deseo de venganza no dejó de ser criticada por ese cronista, quien señaló asimismo que los españoles se “espanta(ban) que matasen dos cristianos y ellos no tenían en nada matar ciento y mil de los indios”. Poco después de ese encuentro, Pizarro tuvo otro que le agradó más. Topó “con el capitán Mena y Juan de Salcedo, que a buscar al gobernador venían con alguna gente de caballo”. Con ellos siguió adelante hasta dar con el pueblo principal de Tumbes, que a primera vista le pareció todo quemado, destruido y alzado. Con todo, y por no ofrecerse otra alternativa, decidió plantar allí su campamento. En tanto uno de sus ayudantes partía a la playa para ordenar el traslado de la gente. El jefe hispano recorrió la casi desvastada ciudad, hasta que encontró un buen lugar para alzar su tienda: “asentó el real junto a la fortaleza de Tumbes”, cuenta Trujillo, uno de sus acompañantes. A medida que entraban al pueblo, los invasores iban mostrando su descontento con lo que veían. La ciudad en nada se parecía a la que escucharon describir al griego Candia. No se detuvieron a pensar que éste había admirado Tumbes en plena época de paz y que por tanto no fue mentira lo que dijo. La guerra civil incaica había sido causa de la creciente destrucción de la fabulosa ciudad cuya fama trascendió allende los maes. Los ahora desengañados encontraron en el griego la víctima en quien descargar sus cóleras, haciéndole objeto de burlas y amenazas, y poco faltó ‐relata un testigo‐ para que lo matasen: “Cuando llegamos al pueblo de Tumbes, hallámosle sin persona alguna, que todos eran huidos la tierra adentro: y como los lugares despoblados y si gentes por buenos que sean parecen mal, hizo este asilo que no solamente no era buen lugar sino muy ruin, y en todo lo que aquel Pedro de Candia había dicho de él había mentido; y así se halló la gente muy confusa… y… estuvo por apedrear a este hombre, y más aquellos que había de que habían dejado sus asientos y casas por la fama que había de este dicho pueblo”. Hasta el propio Francisco Pizarro llegó a dudar del griego reprochándole con sorna: “en los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño, señor Pedro de Candia”. Finalmente pudo restablecerse el orden y pasaron a aposentarse en dos galpones fuertes o fortalezas. Francisco Pizarro, Soto y Belalcázar quedaron al cuidado de uno de los cuarteles y el otro lo reguardaron Hernando Pizarro, su hermano Gonzalo y Cristóbal de Mena. Se temía un ataque de los tumbesinos, que sospechaban ocultos “en partes secretas del valle”. Algunas partidas salieron a explorar todo el pueblo en busca de alimentos y apenas hallaron algunos restos. Los invasores no se atrevieron a cruzar el río, pero siendo necesario pasarlo para tentar mejor fortuna, encargaron la tarea a sus indios de servicio. Los desgraciados nicaraguas y guatemalas no tardarían en ser muertos por los Tumbes, que ‐dice la crónica española‐ hicieron “mucho daño en la gente servil… cuando por comida iban, sin que los cristianos les pudiesen defender porque estaban de la otra parte del río”. Jinetes que salieron en distintas direcciones tuvieron alguna mejor suerte, pues “robaron lo que pudieron, así de ovejas como de otras cosas, con que se volvieron al real”. Los alimentos hallados fueron pronto consumidos,sin satisfacer a todos los hambrientos expedicionarios, que sentían “gran necesidad de comer carne y otras cosas”. Se imponía el cruce del río Tumbes y entonces el gobernador mandó hacer una gran balsa de madera. Furioso por la situación, Pizarro se paseaba nerviosamente por el campamento, mientras sus tropas, casi en desorden, recorrían los alrededores buscando a los tumbesinos que se”habían esparcido por un río grande, que venía a dar allí de la sierra”. Aunque la principal mira de Pizarro era cobrar venganza, pues “no se (le había) pasado la ira”, entendido que ganaría mucho si los Tumbes volvían en paz por la persuasión. En tal sentido, por intermedio de intérpretes que se acercaron a la orilla del río, rogó la paz a los tumbesinos, pero éstos jamás a las paces quisieron venir. Soto, en tanto, recibía precisas indicaciones de su jefe para ir “a hacer la guerra a los indios de Tumbes que estaban en un fuerte río arriba. La orden de Pizarro era que saliese con españoles y pasase el río porque los indios debían de haberse pasado a aquella parte”.