FUNDACIÓN DE SAN MIGUEL, PRIMERA CIUDAD HISPANA EN EL PERÚ. LA NACIÓN DE LOS CAÑARIS SE UNE A LOS INVASORES. Tras la represión de los tallanes, Pizarro consideró la necesidad de fundar una ciudad española. Después de recorrer el río Chira en gran parte, escogió el asiento del curaca Tangarara para planificar allí su fundación: “pareció tener buen puerto y buena disposición para poblar” ‐dice Estete‐ (y )”el dicho gobernador acordó de hacer allí un pueblo en el mejor lugar y sitio que le pareció, para que los navíos y gente que viniese a la tierra tuviesen abrigo y parte cierta donde desembarcar”. Otros testigos mencionaron que “llegado a unas provincias que se decían Tangarara acordó de hacer allí un pueblo, así por parecer que la tierra que había andado y pasado desde Tumbes hasta allí era muy estéril y despoblada y la de adelante o sabría lo que sería, como porque halló buena disposición en un río y razonablemente poblada de indios y gente doméstica y pacífica aunque muy desnua de todo y gente para poco y de poca capacidad”. Antes de proceder a la fundación, y para prevenirse de cualquier sorpresa desagradable, Francisco Pizarro destacó en avanzada hasta Piura a su hermano Juan, al mando de cincuenta jinetes, para que “allí estuviese con gran guarda y vela teniendo muchos espías sobre la gente de Atahuallpa, porque se temía enviase alguna sobre los españoles”. El día escogido para el solemne acto de fundación debió ser de mediados de julio de 1532. Actuaron como testigos el padre Vicente Valverde, todo el clan Pizarro, exceptuando Juan que fue a Piura, los oficiales reales Riquelme y Navarro, los principales capitanes y una docena de religiosos. Algunos curacas tallanes presenciaron también aquella farsa, por la cual sus pretendidos aliados les despojaban de sus tierras, porque Pizarro incorporó ese asiento al estado imperialista español: “le tomó y sujetó a la corona real de su majestad”, mencionó una relación anónima enviada a la reina de Hungría poco después. A seis leguas, a orillas del Chira y en tierra de los tallanes, se fundó así la primera ciudad española del Perú, que los invasores bautizaron como San Miguel. Por teniente gobernador de San Miguel, Pizarro nombró a Juan Roldán Dávila. Se nombraron luego los alcaldes y regidores. Blas de Atienza recibió el cargo de justicia real y el clérigo Juan de Sosa fue investido como primer cura del Perú. Todos prestaron juramento ante el jefe de los invasores. Luego, procedió éste al reparto de tierras y solares, tras lo cual “depositó los caciques e indios en los vecinos de estos pueblos”. A Hernando Pizarro le tocó la primera encomienda. Tumbes, asiento considerado dentro de la jurisdicción de la flamante ciudad, fue adjudicado a Hernando de Soto. En total se repartieron ese día cincuenta encomiendas, pues tal fue el número de vecinos inscritos en San Miguel. En tan acogedor valle, los invasores habrían de permanecer por espacio de cuatro meses. Pizarro aprovechó la presencia del navío mercante para enviar a Panamá el quinto real del escaso botín cogido en Tumbes y Piura Se menciona que, por congraciarse con las autoridades a fin de que éstas pusieran menos trabas a la labor de Almagro, magnificó aquel quinto, tomando prestado lo que correspondía a varios de sus soldados. Asimismo, solicitó otro préstamo para socorrer a su socio, sabedor de que también padecía apuros económicos. El conquistador Francisco de Isásaga, que decidió retornar a Santo Domingo, sería encargado de llevar tales caudales. Por entonces, precisamente el 19 de julio de 1531, desde el puerto de Nombre de Dios el licenciado de la Gama escribía al emperador que no era cierto el rumor que circulaba en e istmo sobre que Almagro demoraba a propósito la salida de refuerzos para el Perú. Dio testimonio de “que iría derecho adónde estaba el dicho gobernador y obedecería y haría todo lo se le mandase”. Pocos días más tarde, el 5 de agosto, desde Panamá el licenciado Espinoza informaba al emperador que Almagro había despachado ya varios navíos, a bordo de los cuales viajaban unos sesenta españoles, cientos de auxiliares indios, y muchos caballos y bastimentos. Según esta carta, Almagro había construido en Panamá “un navío, el; mayor que se ha hecho en este mar, porque es navío que lleva cuarenta caballos y podría llevar más de doscientas personas de españoles e indios”. Reunía por entonces el socio “tres navíos, los mejores y más aderezados que se han visto en este mar”. Un año tardaban los preparativos y en ese tiempo Almagro debió sufragar los gastos de alimentación de los ciento cincuenta hobres que había comprometido para pasar al Perú; además tuvo que pagar las deudas que ellos tenían contraídas y les proporcionó también “caballos, indios y servicio para el viaje… a su costa y de sus amigos, que ha perecido maravilla”.
No habiendo llegado hasta entonces nuevas del Perú a Panamá, había mucha preocupación por la suerte de los de Pizarro. Espinoza no dejó de mencionar que persistían las divergencias entre los socios de la conquista, que él trató de amenguar, recomendando muy especialmente a Almagro a quien consideraba “persona muy bastante para servir a V.M. en todo lo de acá y de mucho ánimo y experiencia y diligencia… habilidad y suficiencia… (que) sirve a V.M. con toda voluntad en lo de estas tierras y provincias del Perú, que parece que tiene ya por vicio, siendo una cosa tan trabajosa y costosa que hubiera cansado a muchos”. Así pues, no eran de menos valor que los de Pizarro los trabajos de Almagro, pese a lo cual los méritos del tuerto habrían de ser siempre subestimados. A favor de Almagro hay que decir que sus virtudes fueron más que sus defectos, al contrario de Pizarro. Espinoza anunciaba también la salida de Hernando de Luque para el Perú, acompañando a Almagro. Pero a la postre, el obispo de Tumbes jamás llegó a pisar su diócesis. Otro famoso conquistador, Pedro de Alvarado, terminaba por entonces sus preparativos para partir al Perú. En carta fechada en Guatemala el 1 de setiembre de 1532 informaba de ello al emperador. Tenía listos quinientos españoles, doscientos de ellos jinetes, todos perfectamente armados. La intención de Alvarado con justa razón alarmaría a Pizarro y Almagro poco más tarde. En el invadido Perú, mientras tanto, Pizarro recibía la importante adhesión de la nación de los Cañaris, “eternos rebeldes y enemigos jurados de los Incas”. En la guerra civil habían favorecido a Huáscar y ahora, considerándolo prácticamente derrotado, se unían a los invasores creyendo conseguir con ello apoyo en la renovada lucha por recuperar su autonomía. Fueron los cañaris los primeros afectados con el arrollador avance de los incaicos atahuallpistas; dijeron a Pizarro “que tras la guerra que les hizo apenas (quedaron) doce mil pobladores de los cincuenta mil que eran”. Nada podría desarraigar del ánimo de los cañaris un odio extremo hacia los Incas. Pizarro lo entendió perfectamente, y les otorgó situación privilegiada entre sus tropas aliadas, luego que tumbesinos y tallanes le hablaran de la bravura de esos guerreros del norte. Verdaderamente trascendental, por sus consecuencias, fue el pacto de los cañaris con los invasores. Gracias a ese apoyo, lograrían derrotar a la resistencia incaica.










