HEROICA RESISTENCIA NATIVA EN CAXAS

HEROICA RESISTENCIA NATIVA EN CAXAS. NUEVA APARICIÓN DE MAICAVILCA. Pizarro fue informado allí de que en un pueblo cercano, camino de la sierra, denominado Caxas, se hallaba una fuerte guarnición atahuallpista. Supo Pizarro dice Mena “que tres jornadas de allí estaba un pueblo que se decía Caxas, en el cual estaban aposentados muchos indios de guerra que tenían recogidos muchos tributos con los que Atahuallpa abastecía s real”. Consideró entonces necesario doblegarlos, pues parecían dispuestos a resistir, y alistó una tropa para salir contra ellos. Su hermano Hernando se ofreció para comandarla, pero el gobernador prefirió nombrar a Hernando de Soto. Tal vez consideró la empresa demasiada riesgosa, pues era la primera vez en que mediría sus fuerzas con tropas de Atahuallpa. Antes de despedir a Soto, Pizarro le anunció que lo esperaría con el resto de la gente en Sarán. A la cabeza de sesenta jinetes y con numerosa tropa de auxiliares indígenas, partió Soto para Caxas, tomando el camino de Sarán. Debió cruzar las quebradas que conducen sus aguas al río Piura, atravesando la cordillera occidental conforme señala Porras por la de “Puemalca”. En Sarán, pueblo huascarista, los invasores “supieron que la gente de guerra había estado allí” sobre una sierra esperándolos, y se habían quitado de allí. Al cabo de dos jornadas y tras recorrer veinte leguas según anota Trujillo entraron a un pueblo que se dice Caxas. Allí les confirmaron que la tropa atahuallpista se hallaba emboscada esperando a los españoles, a las afueras del pueblo. Éste era netamente huascarista y por tal causa había soportado recientemente tremendos castigos de parte de los incaicos atahullpistas: Por los cerros refiere un testigo había muchos indios colgados. Pero la traza de la ciudad incaica allí construida se mantenía casi intacta. Los invasores dice Cieza “vieron grandes edificios, muchas manadas de ovejas y carneros (auquénidos); hallaron tejuelos de oro fino, con que más se holgaron; (y) mantenimiento había tanto, que se espantaron”. Soto entendió que para gozar del saqueo de ese pueblo era necesario vencer primero a la tropa atahuallpista que los amenazaba. Y a duras penas pudo contener a sus hombres que pugnaban por profanar cuanto antes los acllahuasi que en Caxas existían.
Mientras tanto, los atahuallpistas, secundados por muchos naturales del lugar, a decir de Cieza, se animaban diciendo que los enemigos a combatir eran “crueles, soberbios, lujuriosos, haraganes y otras cosas más… (y) platicaron de los matar”. Y antes de que los cristianos llegasen hasta sus posiciones “salieron a Soto buen golpe de ellos llevando cordeles recios, pareciéndoles que (los caballos) eran algunos pacos (guanacos) que ligeramente se habían de prender”. El licenciado La Gama, a quien informaron testigos del hecho, menciona que salío un capitán “incaico con mucha gente a resistirles el paso en una sierra muy grande por donde habían de pasar de necesidad los nuestros espaoles”. Cieza prosigue: Soto “con los que estaban con él vinieron a las manos a los indios de los cuales mataron muchos… hirieron a un cristiano llamado Xinconez: el que lo hizo, pagólo, porque con golpes de espada le hicieron pedazos”. El combate fue a todas luces desigual. Junto a los sesenta jinetes españoles alinearon algunos guerreros caxeños, que quisieron cobrar venganza de aquéllos que habían desolado su pueblo; se sucedieron repetidas cargas de caballería y las filas de la infantería ligera incaica fueron completamente destrozados. Luego, cansados los cristianos de tasajear a los incaicos cedieron su lugar a los caxeños quienes remataron con odio a los atahuallpitas. Los caballos fueron los artífices de la victoria cristiana, y también los feroces perros, que hambrientos de carne humana salieron en persecución de los que huían. Varios guerreros atahuallpistas fueron cogidos prisioneros y por ellos se conoció más detalles “de la guerra que había entre Huáscar y Atahuallpa”. El combate de Caxas fue muestra palpable de la fatal pugna dinástica y de panacas que había dividido a los orejones. A continuación, Soto procedió a ocupar la ciudad de Caxas. Como es fácil suponer, luego de saber que los españoles eran enemigos de los atahuallpistas, los caxeños fervorosos huascaristas salieron a recibirlos con grandes muestras de aprecio. Los encabezó el curaca principal, quien “vino quejándose de Atahuallpa, de cómo los había destruido y muerto mucha gente, que de diez o doce mil indios que tenía no le había dejado más de tres mil”. Soto le ofreció protección y entonces el curaca se creyó obligado a ofrecer lo mejor que tenía a sus presuntos aliados: les abrió las puertas de los tres acllahuasis que existían en Caxas. Diego de Trujillo, que contempló dicha escena, escribió que “se sacaron las mujeres a la plaza, que eran más de quinientas, y el curaca dio muchas de ellas a los españoles”. Soto, que no cabía en sí de gozo, escogió a cinco de las más hermosas. Ello fue suficiente para que apareciera en escena un personaje de cuya presencia no se habían percatado ni españoles ni caxeños Era Maicavilca, valentísimo capitán incaico, que no se presentaba disfrazado, como en Poechos sino ataviado con riquísimo traje de orejón. Había llegado secretamente al pueblo y muy posiblemente tuvo participación en la resistencia presentada en las afueras. La sola pronunciación de su nombre infundió profundo temor en los huascaristas y todos enmudecieron. Orgulloso, el capitán atahuallpista, que con tal audacia se presentaba en medio de tantos enemigos, tuvo el coraje de protestar escandalizado por el reparto de las vírgenes, cortando el silencio con estas palabras: “¿cómo osáis vosotros hacer esto estando Atahuallpa veinte leguas de aquí? ¡Porque no ha de quedar hombre vivo de vosotros!”. El curaca y los principales de Caxas quedaron espantados con esa amenaza. Se consideraban perdidos por haber consentido la profanación de los sagrados acllahuasis. Pero esta vez Maicavilca no tenía tiempo para castigos pues llevaba encargo extraordinario. Como mencionáramos líneas atrás, Atahuallpa, noticiado de la presencia de los extraños invasores, lo había nombrado embajador ante el jefe de los cristianos, para quien sus auxiliares portaban presentes. Soto indagó por ellos y observó que eran patos degollados y dos fortalezas de piedra. Maicavilca, siempre audaz, le dijo que los españoles quedarían como esos patos, vale decir, degollados. Acatando anteladas órdenes de Pizarro, en el sentido de actuar moderadamente con los embajadores incaicos, Soto no contestó tal bravata. Más bien optó por conducir a Maicavilca ante su jefe. Pero antes quiso incursionar hasta Huancabamba, pueblo al que llegó luego de cabalgar un día. Los invasores se sorprendieron ante la imponente presencia de una gran ciudad donde se advertía rápidamente la influencia de un cultura superior: “aquel pueblo de Huancabamba” se lee en Oviedo… (era) “mucho mayor que de Caxas y de mejores edificios, y la fortaleza mejor, toda de piedra muy bien labrada y asentada, las piedras grandes, del largo de cinco y seis palmos, y tan juntas que parecía que ninguna mezcla tenían y con su azotea alta de catería, con dos escaleras de piedra en medio de dos aposentos principales de la fortaleza; y por medio de aquel pueblo pasa un río pequeño, de que aquellos pueblos se sirven, y tienen sus puentes con sus calzadas muy bien hechas de piedra”. Gran admiración produjo el hermoso camino “hecho a mano” que atravesaba aquella tierra, tramo del que unía el Cuzco con Quito: “va muy llano”, dijeron “puesto por muy grandes sierras, y muy bien echado y labrado, y tan ancho, que seis de caballo pueden ir por él a la par, sin llegar uno a otro”. Tambos y collcas hallaron abundantemente provistos, y se dedicaron a saquearlos. Y así, cuenta Cieza, “Soto y los cristianos después de haber robado todo lo que pudieron, dieron vuelta adónde habían dejado a Pizarro”.