LA AMBICIÓN DE HERNANDO DE SOTO. PRECAUCIONES DE PIZARRO. ATAHUALLPA Y SUS GENERALES MANTIENEN ACTITUD DESPRECIATIVA HACIA LOS INVASORES. Muchas habían sido las fatigas de los cristianos en la represión de los tumbesinos. Por dicha razón se “tomaron algún descanso del trabajo que habían habido en reducir”. Pizarro invitó a su tienda a los principales de Tumbes. querían interrogarles sobre muchas cosas, pero antes que nada procuró averiguar el paradero de los tumbesinos que habían muerto a sus hombres de vanguardia. No se había amenguado en él su ansia de venganza. En tal sentido preguntó “al cacique que por qué se había alzado y muerto a los cristianos”. Chirimasa respondió: “Yo no fui en ello, pero (me escondí porque) tuve temor de que me echaráis a mí la culpa”. Lógica respuesta de un hombre que temía represalias. Pizarro entonces lo presionó para que fuera más explícito, por lo que Chirimasa agregó: “Yo supe que ciertos principales míos, que en las balsas venían, llevaron tres cristianos y los mataron…, yo no lo supe (entonces) ni fui en ello ni los mandé matar”. Furioso el jefe cristiano replicó a viva voz: “¡Esos principales que eso hicieron, traedme aquí!” Pero luego, más calmado, “les mandó que se fuesen a sus casas y no temiesen”. Poco después volvía a salir Soto en plan de exploración, al mando de alguna tropa, a la que acompañaba Chirimasa fingiendo mostrarse empeñoso en capturar a los que habían muerto a los tres cristianos. Llegaban entre tanto los pobladores que antes huyeron, portando bastimentos de toda clase. La resistencia no pudo organizarse pues ni Atahuallpa quería colaborar en ella; por eso los tumbesinos volvían a sus lares. Chirimasa, más por negligencia, terminó por informar a Pizarro que “no se podían haber los que mataron los cristianos”. Y para calmar a su pretendido aliado, envió a llamar su gente y principales, ofreciéndolos para servicio de los cristianos. Ellos no habrían de ser suficientes para el avance que se proyectaba, razón por la cual Pizarro dio libertad a sus hombres para ranchear, vale decir para saquear y coger esclavos por la fuerza. En poco tiempo ‐relata la crónica del enemigo‐ “prendieron muchas piezas, así indios como indias”. Mientras tanto, en el interior de Tumbes, Soto daba muestra de su tantas veces manifiesta ambición de mando: “Con la gente que llevaba trató un medio motín contra el gobernador disimulado, fingiendo de ir a cierta provincia de Quito”. Quería dirigir una conquista por su cuenta, pero no todos los que le seguían aprobaron su plan. Escandalizados, “Juan de la Torre y otros se le huyeron y vinieron a dar aviso al marqués”. Para no comprometer aún más su situación, y para disculparse si hubiera necesidad de ello, a Soto no le quedó otro remedio que regresar también a Tumbes. Pizarro, al recibirlo, fingió no saber nada de la conjura, disimulando con trabajo su desagrado. La conquista recién empezaba y no le convenía perder a tan precioso soldado, por más que le conociera conspirador. Pero en lo futuro procuraría cuidarse de él: “desde ahí adelante, cuando Soto salía a alguna parte, enviaba con él a sus dos hermanos, Juan Pizarro y Gonzalo Pizarro”. Sin embargo, alguna otra vez, meses más adelante, Soto volvería a tentar un golpe contra su jefe, de acuerdo con Rodrigo Orgóñez, el cual fracasó sólo a causa de un sorpresivo ataque de indios patriotas. En Tumbes Pizarro se fue informando de la tierra que tenía por conquistar. Verdaderamente sorprendente resulta que los nativos, por más que acudieran a servirles, no les hablaran nada sobre Huáscar y Atahuallpa, ni sobre la riqueza fabulosa del país de los Incas. Al contrario, los tumbesinos les dijeron, procurando desanimarlos, que “por los llanos habían grandes arenales” con falta de yerbas para los caballos, y de agua y que por las sierras habían riscos de peña viva, montañas de nieve. Este último informe no dejó de alarmar a varios españoles, que “mucho murmuraban de la tierra, por la poca confianza que tenían de lo de adelante (y) parábanse muy tristes”. Para ellos, Tumbes era un desengaño, y por esa razón solicitaron volver a Nicaragua o Panamá. Pizarro los dejó en libertad de hacerlo, siempre y cuando dejasen armas y caballos porque él, con la mayoría, estaba dispuesto a seguir la entrada. Se esforzaba el jefe cristiano por darles a entender que adelante encontrarían grandes provincias, porque Tumbes no era el Perú. Pero poco más tarde regresaron algunos jinetes que habían salido a explorar la costa de adelante y confirmaron lo dicho por lostumbesinos: “volvieron afirmando que no había sino cardones y algarrobos, y esto en pocas partes, porque todo era arena”. Pese a todo, se acordó a la postre seguir la entrada, aunque los de menos fe optaron por quedarse en Tumbes a la espera de un navío que los volviese a Nicaragua, diciendo que no querían gastar sus vidas entre las ciénagas y mala ventura. Empezaron entonces los preparativos para reanudar la marcha. En la última semana de abril de 1532 vino a descubrirse que un espía de Atahuallpa había estado en Tumbes. Temerosos de él, los nativos pro‐españoles no le delataron sino cuando hubo partido hacia Cajamarca. Pero fue una delación vaga, sin detalles. Callaron los renegados cuando vieron, amenazantes, a los patriotas tumbesinos fieles al Inca. Por eso Pizarro todavía no supo lo de la guerra civil incaica. Muy superficial debió ser la investigación del espía atahuallpista en Tumbes, pues luego de su informe el Inca se reafirmó en la opinión de que los invasores no eran sino simples ladrones venidos por el mr: “Cuando el Inca se informó del saqueo del indefenso pueblo de Coaque, de la desventura de Tumbalá “‐el anfitrión de Puná‐ “la derrota del cauto Chirimasa… y otros desmanes, comprendió que los extraños visitantes no eran seres extraordinarios, sino comunes y corrientes, sanguinarios y codiciosos, que con sus nuevas armas pretendían quedarse con la tierra y confirmaban la mala fama que traían de sus andanzas por la regiónde los manglares”. Muchos de los guerreros incaicos, sin embargo, no alcanzaban a entender lo que sucedía en la costa; por ello, cuando a Cajamarca “llegó la nueva que como los españoles habían desembarcado y asaltado en Tumbes… todos quedarían atónitos”. Pero los jefes del ejército atahuallpista persistieron en despreciar a los invasores. Se pecó de excesiva confianza en el campamento del Inca. Aún permanecieron en Tumbes los españoles toda la primera quincena de mayo. al cabo, viendo que “no podían ser hallados los indios matadores y (que)… el pueblo de Tumbes estaba destruido… determinó el gobernador de partirse…”.
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