LOS APRESTOS DE LA VÍSPERA

LOS APRESTOS DE LA VÍSPERA. EL TEMOR DE LOS INVASORES. ENTRADA DE ÉSTOS A CAJAMARCA. Antes de emprender la jornada final, los invasores asistieron a una misa de campo. Valverde confesó y comulgó allí a la mayoría de los españoles que, fanáticos cristianos, querían asistir al combate decisivo limpios de pecados, pues tal vez en él morirían. Con gran cautela y creciente temor, se cubrió el último tramo. Finalmente, cuenta Cristóbal de Mena, “antes de la hora de vísperas llegamos a la vista del pueblo que e(ra) muy grande; y hallamos pastores del real de Atahuallpa y vimos abajo del pueblo, a cerca de una legua, una casa cercada de árboles: Allí era el real donde Atahuallpa nos estaba esperando. Era un jueves en la tarde, que se contaron (quince) días del mes de” (noviembre) añade Estete. Y la Relación a la reina de Hungría menciona que “después de andadas 30 jornadas, llegaron a un valle donde está un pueblo que se dice Cajamarca, cerca del cual, en una casa de placer, (se) hall(aba) el cacique Atahuallpa con 30,000 hombres de guerra”. Un español allí presente dejó escrito que “dicho real ocupaba más de legua y media de valle y eran tantas las tiendas que aparecían, que cierto nos puso harto espanto”. Impresionado Juan Ruiz de Arce escribió que “parecía el real de los indios una muy hermosa ciudad, porque todos tenían sus tiendas”. En ellas, victoriosos, flameaban los estandartes incaicos atahuallpinos y las banderas tahuantinsuyanas. Extasiados, los cristianos se habían detenido en el alto del valle, sin decidirse a continuar. Hasta allí acudió un orejón enviado por Atahuallpa para darles la “bienvenida” oficial “y significarle(s) que fuese(n) a alojarse a la ciudad de Cajamarca”. Tal se lee en la Relación Francesa, repitiéndose el dato en la crónica de Juan Ruiz de Arce:” Vino un mensajero de Atahuallpa a decirnos que nos aposentásemos en la plaza; que él no podía venir porque ayunaba aquel día”. Pizarro no se hizo repetir la invitación. Nada ganaba quedándose allí, en la altura, y era bueno posesionarse de la ciudad, donde mejor se defendería de un probable ataque. Así que ordenó a su gente desfilar hacia Cajamarca. Cuenta Mena “que entró primero el señor Hernando Pizarro con alguna gente”.
Granizaba mucho aquella tarde. Luego entraron los demás con “harto temor de los muchos indios que estaban en el real. Refiere un español que en aquel grave momento no esperaban otro socorro, sino el de Dios”. En Cajamarca sólo encontraron unos cuatrocientos indios; gente “popular”, según Estete, aunque les salieron al paso también algunos guerreros, curiosos desbandados del campo atahuallpista, Herrera relata que en un extremo de la plaza vieron un grupo de mujeres que lloraban. Les impresionó el cuadro, más aún cuando los intérpretes dijeron que esa indias se lamentaron de la cólera que en Atahuallpa había motivado la presenciade los invasores que, según anunciaban, morirían todos con seguridad. Cuenta un cristiano que a grandes voces los llamaban locos por haberse atrevido a entrar en Cajamarca. Quienes más sintieron el efecto de ese recibimiento fueron los indios aliados, “que lloraban diciendo que presto los habían de matar los que estaban con Atahuallpa”. No eran cobardes los españoles. Al contrario, algunos de sus caudillos descollaban por su valentía, aunque ésta era nacida de una ambición desmedida. Pero aquel día en Cajamarca según confesaría uno de los Pizarro, “muchos españoles se orinaban de puro temor”. En medio de la plaza, ”los de a caballo sin apearse hasta ver si Atahuallpa venía”, esperaron los invasores “mucho rato”. Mas, como acreciera la lluvia de granizo, “mandó el gobernador a los españoles que se aposentasen a los aposentos de esta plaza, y el capitán de artillería, con los tiros, en la fortaleza”. Esto último se hizo contra el parecer de los embajadores de Atahuallpa, que habían recomendado no entrar en la fortaleza. Pizarro no tuvo otra alternativa; sólo desde allí serían los suficientemente efectivos sus cañones en caso de un masivo ataque incaico. Ninguna esperanza se hacía el jefe cristiano en el aparente recibimiento pacífico. Sabía que Atahuallpa se preparaba a aniquilarlos. La cuestión era entonces adelantarse a esos planes.