LOS PLANES DE PIZARRO

LOS PLANES DE PIZARRO. LA ENTREVISTA DE CUNOC. ÚLTIMAS DISPOSICIONES DE ATAHUALLPA. Pizarro proyectó atacar, de noche y por sorpresa, en los baños de Cunoc. Era necesario espiar esa posición y encargó tal tarea a Hernando de Soto, que marcharía en calidad de embajador acompañado de veinte jinetes y doscientos auxiliares indios. Por si Cunoc resultara difícil de tomar, Soto quedó facultado para invitar al Inca a una reunión con Pizarro. Este era el segundo plan: tender una celada a Atahuallpa, capturándolo a traición. Preso el Inca ‐sabía bien Pizarro‐ sus guerreros no se atreverían a atacarlos. Con gran temor entró Soto a Cunoc y fue conducido hasta la tienda imperial. Atahuallpa no se dignó recibirlo; al contrario, quiso demostrarle el mayor menosprecio. Los invasores, suponía Atahuallpa, habían caído en la trampa y ya no era necesario fingirles amistad. El pobre Soto hizo larga espera antes de ser admitido a presencia del Inca que, orgulloso no contestó su solemne saludo ni le dirigió palabra alguna. Rodeado de mujeres y eunucos ‐refiere Juan José Vega‐ “así como de altos cortesanos, Atahuallpa continuó mostrando mucha gravedad, pese a la fingida humildad de Soto… Mucho era su linaje para hablar directamente con tan poca cosa”. La tardanza de Soto preocupó a los españoles en Cajamarca. Hernando Pizarro, el más inquieto, consiguió entonces permiso para marchar a Cunoc. Llegó a la tienda del Inca cuando Soto se aprestaba a dejarla, y de inmediato, soberbio como era, se presentó como hermano del jefe de los cristianos. Avisado de su calidad, Atahuallpa recibió los saludos de Hernando y le contestó burlonamente refiriéndole que Maicavilca los había calificado de flojs en cosas de guerra. Entrando en confianza, Hernando desmintió la versión de Maicavilca y ofreció sus soldados para cualquier empresa que Atahuallpa tuviese a bien ordena. Fue tan vehemente en querer demostrar el arrojo de los cristianos que Atahuallpa ‐según relata el propio Hernando‐ “sonrióse como hombre que no nos tenía en tanto”. Otros testigos dicen que hasta se burló de la bravuconada del español; ignoraba el poderío del acero y de la pólvora, y desconocía el poder de la caballería. Luego, Atahuallpa ofreció un brindis, que Hernando y Soto aceptaron mal de su grado, temiendo ser envenenados. Soto reconoció que sería suicida atacar allí y entonces, cumpliendo lo encargado por Francisco Pizarro, propuso al Inca una reunión en Cajamarca. Variando bruscamente su tono, nuevamente amenazador, Atahuallpa en vez de contestar esa propuesta increpó a los españoles su conducta en la costa, que había conocido en detalle gracias a su servicio de espionaje. Nada pudieron replicar los cristianos cuando se les recordó su bárbara conducta en Puná y Tumbes, la matanza de indios nobles en La Chira, y la masacre de Caxas. Temieron lo peor Soto y Hernando, pero el Inca, mostrándose repentinamente amable, les dijo que aceptaba reunirse con Pizarro y que acudiría al siguiente día a Cajamarca. Asegurada la concurrencia de Atahuallpa, los cristianos se despidieron y salieron a todo galope de Cunoc. Tal la famosa entrevista, a la que las versiones españolas agregaron algunos detalles poco probables de haber ocurrido, como que Soto caracoleó su corcel cerca del trono del Inca. El miedo que le produjo la decidida actitud de Atahuallpa no permitiría tal bravata. Atahuallpa confiaba en que pronto pondrían fin a la aventura de los invasores. Por ello, no bien terminada la entrevista, impartió una orden fatal: “Aquella misma noche despachó veinte mil indios con un capitán suyo que se llamaba Rumi Ñahui, con muchas sogas, que tomasen las espaldas a los españoles, y secretamente estuviesen para cuando huyesen de ellos y los atasen, creyendo que al otro día, vista la mucha gente que llevaría, todos se habrían de huir”. En vano intentó Rumi Ñahui que se revocase tal orden, y se escandalizó en extremo cuando Atahuallpa anunció que iría a ver a los cristianos sin acompañamiento de guerreros; pero finalmente hubo de obedecer, dejando constancia de que no lo hacía a su agrado. Así, pues, el ejército atahuallpista tomó posiciones en las afueras de la ciudad, sobre el camino de la costa. Para colmo, ordenó Atahuallpa que las armas quedaran en el campamento; bastarían ‐según él‐ los ayllus (boleadoras) para coger a los invasores. Ciega fue la confianza del Inca; y fatal. Nadie durmió aquella noche en el campo español. Pizarro ultimaba los detalles de su plan, mientras sus soldados, impacientes, alistaban sus armas. También preparaban las suyas los numerosos indios aliados. Hernando Pizarro pasó aquellas horas a la cabeza de los centinelas.