LOS SUCESOS DE PUNÁ

LOS SUCESOS DE PUNÁ. EFÍMERA ALIANZA HISPANO-TUMBESINA. JUNTA DE GUERRA EN TUMBES ACUERDA RESISTIR A LOS INVASORES. Para la invasión del Perú, el tercer viaje de la expedición española jefaturada por Francisco Pizarro fue definitivo. A fines de 1531, un año después de que partiera de Panamá, la hueste española dejaba Coaque para trasladarse a la isla de Puná, ubicada frente a Tumbes. Esta isla fue el primer punto de contacto con el Tahuantinsuyo y de inmediato sería asimilado el imperio español sin sospecharo siquiera los caciques punaeños, que acogieron a los invasores con muestras de simpatía. Esta, empero, duraría poco. Al cabo, la conducta de los españoles, convertidos de hecho y por la fuerza en nuevos señores, provocó la reacción de los nativos. Vino luego la lucha armada, en la cual los españoles contaron con el apoyo de algunos grupos tumbesinos, quienes hacia muy poco habían sido sojuzgados por los de la isla. Como es lógico suponer, la superioridad del aparato bélico de los invasores determinó la derrota de los punaeños. Pero Pizarro consideró peligroso permanecer en la isla; aunque vencidos en los combates a campo abierto, los isleños persistían en la resistencia a través de ataques relámpagos y sorpresivos. Entonces fue que el jefe cristiano decidió pasar a tierra firme. Por aquellos días se discutía en Tumbes la conveniencia de recibir a los extranjeros. Merced a los informes de tumbesinos que actuaron en Puná, donde fue sangrienta la represión ejercida por aquéllos en los de la resistencia isleña, había casi desaparecido la opinión favorable que en un principio se tuvo respecto a los Viracochas. Eran pocos los que continuaban opinando a favor de recibirlos como tales. Eso, pese que los invasores dieron clara muestra de apoyar a los de Tumbes en contra de los de Puná. En efecto, desde un principio Pizarro supo agitar las rencillas entre las pequeñas naciones nativas, ofreciendo apoyo a una y otra según las circunstancias. Cuando todo Puná estuvo saqueado y se comprobó que el botín era magro hubo conveniencia de congraciarse con los de Tumbes, entonces presos en la isla. Pizarro los liberó y, además, vejó a los que le habían dado hospitalidad: diez curacas punaeños bárbaramente sacrificados sellaron el pacto entre tumbesinos y españoles.
Pero, como anotáramos líneas atrás, tal alianza fue efímera. La junta de guerra realizada en Tumbes definió acertadamente la situación y votó por la inconveniencia del pacto: en Puná, pagando generosidad con libertinaje, mostrando doblez sorprendente, los invasores habían evidenciado sus verdaderas intenciones. Además de robar, ésos que en un principio se tuvo por sagrados Viracochas habían violado en Puná a cuanta mujer cayó en sus manos, sin respetar edades ni linajes. A los de Tumbes ya no les podrían engañar “porque habían sabido lo que en la ínsula habían hecho”, según relata la propia versión cristiana. Algunos tumbesinos fundamentaron la idea de resistir a los invasores aduciendo que, de no actuar así, “por el Inca habrían de ser muertos y castigados”. Se referían a Atahuallpa, quien por entonces había ya derrotado a las tropas de Huáscar en todo el norte del Tahuantinsuyo. Pero los más inteligentes exponían la principal razón para combatir a los intrusos: “Los españoles no publican amistad con igualdad ‐dijeron‐ sino que (pretenden) mandar, señorear exentamente a sus voluntades”. Nos tienen en poco, agregarían otros, de los que ayudaron a los cristianos en los sucesos de Puná. Esos sectores de vanguardia, en sucesivas “congregaciones y juntas” ocultas, convencieron a la mayoría que acoger en paz a los invasores era perder sin honor la libertad, que ellos venían con seguridad a sujetarlos por la fuerza, a dominarlos, tal como se había visto en la isla vecina. Finalmente, hubo acuerdo ara presentar “guerra a muerte a los españoles con todas sus fuerzaps, aunque supiesen sobre el caso perder las vidas”. Tal proclama nos ha sido transmitida por las propias fuentes españolas. Fue la primera que pronunciaron los antiguos peruanos para defender sus territorios de la invasión extranjera. La resistencia de Tumbes, librada entre marzo y abril de 1532, debe pues considerarse como punto de partida de la lucha armada que presentaron nuestros antepasados a los invasores españoles inicio de una guerra que habría de prolongarse por espacio de cuarenta años. Importante esta acción por múltiples razones. Ya en Tumbes, y desde antes inclusive, puede apreciarse el enfrentamiento entre las pequeñas naciones indígenas que va a ser aprovechado perfectamente por los españoes. También Tumbes, con la sangre de sus defensores, habría de dar testimonio de la trágica diferencia de armamento entre los contendientes:
soldados a caballos, protegidos de gruesas armaduras, llevando algunos pequeños cañones y portando arcabuces y lanzas, espadas y picas de hierro van a combatir contra tropas de infantes vestidos sencillamente, cuyas armas son lanzas, porras, macanas, flechas, hondas y piedra; es decir, una maquinaria bélica propia del renacimiento europeo contra guerreros salidos, en lo militar, de la edad de piedra. Además, por los invasores alinearían desde un primer momento ingenuos y valiosísimos aliados nativos, guías, espías o guerreros que contribuirán a la desgracia de sus hermanos de raza. En Tumbes, de otro lado, habría de acabarse, al menos para los tumbesinos, la creencia de la divinidad de los invasores: ellos no eran sino simples hombres ansiosos de riqueza y poder, guerreros venidos a robar la tierra. En virtud de ello ‐repetimos‐, los de Tumbes habrían de resistirlos con “mucha gente armada”, defendiendo su territorio y cultura. Y, en respuesta, los cristianos entrarían en el Tahuantinsuyo “destruyendo el país y llevando la muerte a muchas gentes, conforme anotara el anónimo autor de la Relación Francesa de la Conquista del Perú”.