PRIMER ACTO DE GUERRA EN TUMBES

PRIMER ACTO DE GUERRA EN TUMBES: PRISIÓN, PROCESO Y EJECUCIÓN DE TRES INVASORES. Chirimasa, curaca principal de Tumbes que apoyara a los invasores de Puná, no tuvo parte en la junta de guerra. Durante su ausencia fue que se acordó la resistencia armada. Ante los hechos consumados, a su regreso no tuvo más alternativa que aceptarlos. En Puná culminaron entretanto los aprestos de los cristianos para pasar a Tumbes. Pizarro había terminado por dejar libres a Tumbalá, curaca principal de la isla, y a otros importantes prisioneros, pero ni ello bastó para que cesara la oposición de los nativos. Por eso, la salida de los invasores podía considerarse un triunfo para los de Puná: “los isleños festejaron la expulsión de los odiados cristianos”. Más, la retirada española obedecía también a otras razones. Varias balsas tumbesinas llegaron a la isla y sus pilotos se ofrecieron para ayudar en el traslado. A bordo de los navíos mayores, embarcó caballos y alguna tropa, consintiendo que el fardaje y algunos hombres se trasladasen en las balsas de los tumbesinos. A todas luces, los pilotos nativos seguían órdenes de los jefes de resistencia tumbesina: pugnaron por adelantarse al grueso de la expedición, llevando “algunos españoles y fardaje”. El jefe cristiano no puso ningún reparo a ello y autorizó a algunos para salir en vanguardia. Este pasaje no está muy claro en las crónicas españolas, únicas fuentes ‐hasta la fecha‐ que dan testimonio del suceso. Discrepan ellas al citar el número de balsas y los nombres de los españoles que se adelantaron. Son datos importantes porque para varios de éstos fue su última travesía. Juan Ruiz de Arce, presente de los hechos escribió que tres españoles enfermos se fueron por adelante. Francisco de Xerez otro testigo, anotó que marcharon con los tumbesinos tres cristianos con alguna ropa. Diego de Trujillo también protagonista del suceso, refería “que se enviaron cuatro balsas… y en la una fue el hato del gobernador y Alonso de Mesa… y Antonio Navarro… y en otra fue el hato de Hernando Pizarro y en ella Andrés de Bocanegra, y en otra fue el hato del capitán Pizarro y Juan de Garay, y en otra fue el hato de los oficiales del rey y un fulano Riquelme”. De haber sido así, y por lo que después sucedió, hay que concluir en que la balsa en que iban Mesa y Navarro debió retrasarse, pues la suerte de éstos fue distinta a la de los que tripularon las otras tres balsas, como veremos a su tiempo. Zárate, cronista tardío, anotó por su parte que Pizarro “envió con unos indios de aquellos de Tumbes tres cristianos en una balsa”. Cieza de León, que escribió por referencias, habla de tres balsas pero cita muy distintos tripulantes: “el capitán Hernando de Soto se metió con dos o tres españoles en una balsa ‐dice‐ y en otra el capitán Cristóbal de Mena, y uno llamado Hurtado con otra mancebito hermano de Alonso de Toro se embarcó en otra balsa”. En este caso, Mena y los de Soto fueron más afortunados que Hurtado y el hermano Toro. Hacemos cúmulo de notas pues esos cristianos de avanzada, dos o tres, fueron los primeros en caer bajo la justicia tumbesina. Así lo refiere Trujillo: “llegados a la costa de Tumbes mataron los indios a los tres españoles que iban en las balsas (Garay, Bocanegra y el tal Riquelme), y no mataron ni a Mesa ni Navarro (que venían en la cuarta balsa), porque se metieron en un estero, y los indios (pilotos) se echaron a la mar y los dejaron, y así escaparon”. Xerez consigna que fueron “ciertos principales tumbesinos los que se llevaron tres cristianos y los mataron”. Zárate dice que en llegando (a Tumbes, los nativos) sacrificaron aquellos tres españoles a sus ídolos. Ruiz de Arce añade algunos detalles: “En el puerto de Tumbes estaba un río; llegados (a él) métenlos el río arriba y llévanlos al pueblo, y aquella noche los sacrificaron a sus dioses; créese que los comieron, (pues) nunca más parecieron cosa alguna de ellos”. Cieza, que como hemos dicho habla de tres balsas, cuenta que “llegaron primero que ningunos… Hurtado con el otro mozo (el hermano de Toro); hallaron en la costa muchos de los de Tumbes (que) con engaño y gran disimulación los lleva(ron) como que los querían llevar a aposentar; los tristes muy descuidados, sin ningún recelo fueron a donde les llevaban, y luego con gran crueldad les fueron sacados los ojos, y estando los vivos los bárbaros les corta(ron) los miembros, y teniendo una ollas puestas con gran fuego, los metieron dentro y acabaron de morir en tormento”. Bastante imaginativo debió ser el informante del cronista, quien luego señala que Soto y los que venían en las otras balsas conocieron lo sucedido ‐tal vez por delación de algún tumbesino‐, y adoptaron precauciones que les salvaron de morir, aunque debieron permanecer en la costa ocultos y sin dormir, con las armas dispuestas, esperando la llegada de sus demás compañeros.
Pedro Pizarro, quien confesaría haber estado en la balsa de Alonso de Mesa conjuntamente con Francisco Martín de Alcántara, anotó por su parte que los tres españoles de vanguardia fueron muertos antes de llegar a las playas de Tumbes, en unos islotes donde habrían pernoctado, y que él y sus compañeros salvaron de idéntica desgracia por las benditas verrugas de Mesa. Los de Tumbes relata Pedro Pizarro‐ “metieron en unos islotes que ellos sabían las balsas; hacían que saliesen los españoles a los islotes a dormir, y sintiéndolos dormidos, se iban llevando las balsas, y dejándolos allí, los mataban después, revolviendo con gente sobre ellos, lo cual aconteció a tres españoles que mataron de esa manera. Y a Francisco Martín, hermano del marqués don Francisco Pizarro, y a Alonso de Mesa… nos aconteciera lo mismo sino fuera porque Alonso de Mesa estaba muy enfermo de verrugas, y no quiso salir de la balsa en que íbamos al islote donde nos echaron… Pues estando así dormidos, a la media noche los indios alzaban la potala de balsa, que así la llaman una piedra que atada en una soga echan a la mar a manera de áncora, creyendo que el Mesa dormía, para irse y dejarnos allí y matar a Mesa; y como he dicho que las verrugas daban grandes dolores al Mesa, estaba despierto, y visto lo que los indios hacían, dio voces, a las cuales Francisco Martín y yo despertamos, y entendida la maldad, atamos al principal y a otros dos indios y así tuvimos toda la noche en vela. Y otro día de mañana nos partimos de allí, y llegados a las costas de Tumbes, los indios, ya que estábamos junto a la resaca, se echaron al agua y nos dejaron en medio de las ondas, las cuales nos echaron a la costa bien mojados y medio ahogados”. Los tumbesinos alcanzaron a llevarse esa balsa, donde iba “la recámara del marqués” y haciendas que muchos metieron en ella “creyendo que los indios lo llevarían seguro”. Pedro Pizarro y sus camaradas, juntamente con los Soto y Mena, esperarían con ansiedad el arribo de los demás. Soto, que según anota Zárate tuvo el atrevimiento de internarse por el río Tumbes, salvó la vida gracias al oportuno aviso de Diego de Agüero y Rodrigo Lozano, que al parecer tripulaban la balsa de Mena, llegada antes: “Hernando de Soto, que en otra balsa iba con indios de aquella tierra, con un solo criado suyo, entrando ya por el río de Tumbes arriba, (muriera) si no fuera por Diego de Agüero y Rodrigo Lozano, que habían desembarcado, y corriendo la ribera del río arriba, le avisaron (del peligro) y dio la vuelta luego”.
En la historia que escribiera el Inca Garcilaso hay una versión que es, a nuestro entender, algo más completa que las citadas, pues en ella se señalan las causas por las cuales los tres españoles de vanguardia fueron ajusticiados. Se menciona allí que llevados al pueblo principal de Tumbes se les siguió sumarísimo proceso, en que actuaron de acusadores varios de los tumbesinos que habían estado en Puná. Contra los cristianos se levantaron los ‐según la moral tumbesina‐ gravísimos cargos de ser “codiciosos y avarientos de oro y plata…, fornicarios y adúlteros”. Olvidó el mestizo cronista mencionar el cargo de ladrones que seguro también se les imputó a esos invasores, que nada pudieron alegar en su defensa, siendo condenados a muerte. Garcilaso de cuidó bien de no tomar partido al relatar este pasaje, citando, para no comprometerse las fuentes que utilizaba. Así copiando a Gómara escribió que los tumbesinos escandalizados por la conducta de los españoles en Puná, “los mataron y sacrificaron con gran rabia y crueldad; para seguidamente anotar: Pero el padre Blas Valera, a quien se le debe crédito, dice que fueron imaginaciones que los españoles tuvieron de aquellos tres soldados porque aparecieron más; pero después averiguó el gobernador (¿de dónde sacaría el chachapoyano este dato?) que el uno se había ahogado por su culpa y los otros habían muerto de diversas enfermedades en breve tiempo, porque aquella región… es muy enferma para los extranjeros, y nos es de creer que los indios lo matasen y sacrificasen, habiendo visto lo que el tigre y el león hicieron con Pedro de Candia, por lo cual los tuvieron como dioses”. Éste es el otro extremo, que pretende con datos inverosímiles y harto confusos exculpar a los tumbesinos de la muerte de los tres invasores. Vano e innecesario esfuerzo. Criticable que se pretenda hacernos creer que por miedo los de Tumbes no resistieron a los españoles. Cuando el padre Valera cita al tigre y al león se refiere a las fieras, adoradas en Tumbes, que Pedro de Candia abatiera con su arcabuz cuando el primer desembarcó en 1528. La potencia del arcabuz no fue suficiente para doblegar el ánimo de quienes lucharon por contener la invasión extranjera. Para los tumbesinos, eran enemigos esos extranjeros que antes tanto admiraban, y eran especialmente merecedores de ser rechazados por sus múltiples defectos y porque querían asentar una dominación infinitaente menos soportable que la paternal impuesta en esa región por los Incas. Con la mira de evitar esa dominación, cuyas sangrientas muestras habían visto ya en Puná, los de Tumbes habían optado por la guerra a los extranjeros. Y el primer acto de guerra fue el ajusticiamiento de esos tres invasores.