PRISIÓN DE ATAHUALLPA, GENOCIDIO EN CAJAMARCA Y RETIRADA DE RUMI ÑAHUI

LA TRAGEDIA. PRISIÓN DE ATAHUALLPA, GENOCIDIO EN CAJAMARCA Y RETIRADA DE RUMI ÑAHUI. Amaneció así el 16 de noviembre de 1532. Atahuallpa, contra lo prometido, tardaba en comparecer. Dice Porras que entonces “acreció con la inquietud el fervor religioso de los cristianos. Los soldados, muchos de los cuales habían pasado la noche en oración, instigados por los frailes que acompañaban al ejército, se aplicaron recias disciplinarias hasta hacerse sangrar, para conjurar en su auxilio el favor del cielo”. Pizarro no dejaba de animarlos; ordenándoles que “sin alboroto se armasen y tuviesen sus caballos ensillados y a punto”. Luego, hizo que los diversos cuerpos de su ejército tomasen posiciones de combate: “mandó al capitán de artillería que tuviese los tiros asentados hacia el campo de Atahuallpa y cuando viese que convenía, que les pusiese fuego. Y en las calles que entran a la plaza mandó estar gente de a pie, porque si hubiese celada por las espaldas estuviese todo prevenido y hallasen resistencia en la entrada, y que éstos estuviesen secretos sin que fuesen vistos. Y con su persona tomó el gobernador veinte hombres de a pie, y con ellos estuvo en su aposento, porque éstos tuviesen cargo con él de prender la persona de Atahuallpa; … y mandó que fuese tomado a vida, y a todos los demás mandó que no saliesen alguno de su posada, aunque viesen entrar los contrarios en la plaza. Y dijo que él tenía atalaya para que viendo que venían avisaran cuando oyesen decir ¡Santiago!” Los roles protagónicos de la celada les fueron conferidos al padre Valverde y al intérprete Felipillo. Ellos se encargarían de salir al encuentro del Inca. Durante toda la mañana, del campo de Atahuallpa apenas salieron partidas de exploradores. El Inca parecía ajeno a lo que estaba ocurriendo. Preguntó a Pizarro, vía sus embajadores, si debería o no concurrir armado. Dice Cieza que a esas horas Atahuallpa “estaba muy orgulloso (porque) parecíale que por ninguna manera podría suceder cosa que bastase a estorbar el que no matase o prendiese a los cristianos”. Recién ya entrada la tarde el atalaya español de la fortaleza de Cajamarca anunció que se ponía en marcha el cortejo imperial, y le faltaron palabras para describir el espectáculo que contemplaba. Miles de personas desfilaban acompañando al Inca: “Había de todo. Nobles, cortesanos, favoritas, eunucos, curacas y todavía buena parte de su ejército. Iba también mucho pueblo atraído de todos los alrededores por la rara fama de los extraños visitantes. Alguien comparó el séquito con el del gran Turco”. Sorpresivamente, a poco de iniciada la marcha, el cortejo se detuvo. Inmenso pánico causó este hecho a la gente de Pizarro y hasta se pensó en salir a combatir, creyéndose frustrada la celada. Entonces, “viendo el gobernador que el sol se quería poner y Atahuallpa no se había movido de donde había reparado”, pidió un voluntario que fuese rogar al Inca cumpliese su promesa. El temerario Hernando de Aldana aceptó la comisión y llegando a la tienda de Atahuallpa “le hizo su acatamiento y por señas le dijo que caminase y fuese donde el gobernador estaba”. No recibió respuesta alguna y aterrorizado al verse rodeado de tantos indios hostiles “a paso largo volvió donde estaba Pizarro”, en medio de la burla de los incaicos. Lo sucedido con Aldana hizo vacilar a mucha gente. Refieren las crónicas “que a algunos hasta se les soltaba el vientre de ver tan cercana tantos indios. Los espías de Atahuallpa remitían entretanto informes señalando que los españoles estaban todos metidos en un galpón, llenos de miedo, y ninguno aparecía por la plaza”. Lleno de confianza, Atahuallpa ordenó entonces entrar en la ciudad. Dejemos a Oviedo el relato de esta impresionante marcha: “La delantera de la gente comenzó a entrar en la plaza, y venía delante un escuadrón de indios vestidos de una librea de colores hecha como escaques. Estos venían quitando las pajas del suelo, y barriendo y limpiando el camino, y poniendo en él mantas. Tras éstos venían otros tres escuadrones vestidos de otra manera, todos cantando y bailando; y luego venían otros escuadrones de mucha gente con armaduras y patenas y coronas de oro y plata. Entre éstos de estas armaduras venía Atahuallpa en una litera todo aforrado, de dentro y de fuera, de plumas de papagayos de muchos colores, tan bien asentada la pluma que parecía que allí había nacido, y guarnecida toda la litera de chapas de oro y plata, la cual traían muchos indios… en literas y hamacas venían otras personas principales; y tras estas literas, mucha gente, toda puesta en concierto y por su escuadras, con coronas de oro y plata en las cabezas”. Un grupo de doce o quince incaicos, según vio Hernando Pizarro, subió entonces a una pequeña fortaleza situada en la entrada de la ciudad “y tomáronla a manera de posesión con una bandera puesta en la lanza”. Pizarro juzgó ese gesto como revelador de hostilidad y renovó las órdenes a su gente.
Tuvo especial cuidado en recordar al griego Pedro de Candia, jefe de artillería, que “en haciéndole una señal desde el galpón… soltase el tiro y tocasen las trompetas”. Dice Mena que dicha artillería la formaban “ocho o nueve escopeteros y cuatro tiros…, brezos pequeños”. Habría de tener rol preponderante en el ataque. Llegado Atahuallpa a la plaza se sorprendió de no ver a cristiano alguno. Preguntó entonces: “¿Qué es de esto bárbaros? ¿ya están todos escondidos que no aparece ninguno?”. Y sus más cercanos cortesanos le respondieron: “Señor, están escondidos de miedo”. Pizarro, que observaba la escena desde su escondite, hizo entonces señal a Valverde para que saliera a cumplir su cometido. Acompañado de un intérprete, y de Hernando de Aldana, según Pedro Pizarro, acudió el fraile a presencia del Inca y le dijo: “Atahuallpa, el gobernador te está esperando y te ruega que vayas, porque no cenará sin ti”. A lo que él respondió: “Habéisme robado la tierra por donde habéis venido y ahora estáme esperando para cenar. No he de pasar de aquí si no me traéis todo el oro y la plata y esclavos y ropa que traéis y tenéis, y no lo trayendo téngoos que matar a todos”. Luego “les dijo que se fuesen para bellacos y ladrones”. No sólo rechazaba la invitación de Pizarro sino que anunciaba que haría todo lo que le viniese en voluntad. Actuaba, pues, como el señor de uno de los más grandes imperios del mundo. Pese a ello, insistió Valverde. Ahora, moviendo constantemente la biblia que portaba, notificó al Inca el Requerimiento: “le comenzó a decir cosas de la sagrada escritura” ‐relata Estete‐ “y que Nuestro Señor Jesucristo mandaba que entre los suyos no hubiese guerra sino paz y que él en su nombre así se lo pedía y rquería”. Con el rostro congestionado por la ira, Atahuallpa oyó hablar a Valverde de un poderoso emperador y de un desconocido dios a los cuales debía someter su persona y su mperio. Entonces le quitó el libro que tanto agitaba y lo arrojó con furia por los suelos. Y, antes de que el fraile se repusiera de su asombro, ya de pie en las andas gritó el Inca: “¡Ea, Ea, que no escape ninguno!” Esta orden, contestada por la multitud con un estentóreo “¡Ho, Inca!”, que significaba aprobación, volvió a Valverde a la realidad y lleno de miedo, alzándose la sotana para correr mejor, huyó en dirección a Pizarro gritándole, fuera de sí: “¡No véis lo que pasa! ¿Para qué estáis en comedimientos y requerimiento con este perro lleno de soberbia… ¡Salid, que yo os absuelvo!”. Entonces Pizarro agitó una toalla. Era la señal convenida con Candia. De inmediato, el griego soltó el tiro, “y en sotándole tocaron las trompetas y salieron los de a caballo en tropel y el marqués con los de pie”. Empezó entonces para los nativos una inesperada tragedia. Yacovilca, espía huascarista infiltrado en Cajamarca, vio cómo “los dichos españoles arremetieron con gran furia al dicho Atahuallpa y a los capitanes que con él estaban”. Al grito de ¡Santiago y a ellos!, cargó la caballería mientras tronaban los cañones y se disparaban unos veinte arcabuces y mosquetes. Se soltó a todos los perros feroces. Mientras tanto una lluvia de penetrantes saetas barrían el campo. Los jinetes cargaron reciamente tajando, acuchillando y masacrando sin tregua a esa muchedumbre desconcertada. Sorprendidos, los miles de indios no atinaron a defenderse además, no tenían armas para hacerlo‐ huyendo en el más indescriptible desorden. Así lo refiere Pedro Pizarro: “Con el estruendo del tiro y las trompetas y tropel de los caballos, con los cascabeles, los indios se embarazaron y se cortaron. Los españoles dieron en ellos y empezaron a matar, y fue tanto el miedo de los indios que por huir, no pudieron salir por la puerta, derribando un lienzo de una pared de la cerca de la plaza, de largo de más de dos mil pasos y de alto de más de estado. Los de a caballo fueron en su seguimiento hasta los baños, donde hicieron más estrago, e hicieran más si no anocheciera. Xerez anota por su parte: En todo esto no alzó el indio armas contra español; porque fue tanto el espanto que tuvieron de ver al gobernador entre ellos y soltar de improviso la caballería y entrar los cabllos al tropel, como era cosa que nunca habían visto, que con gran turbación procuraban más huir por salvar las vidas que hacer guerra”. Pero alrededor de las andas del Inca hubo heroísmo. Atahuallpa que debió comprender en esos trágicos momentos cuan grave había sido su error de no llevar consigo a sus guerreros, contemplaba con ojos de incredulidad a esa muchedumbre enloquecida. Unicamente se mantenía en su puesto la guardia personal del Inca, ofreciéndose en holocausto por defenderlo: “con grandes voces y alaridos… comenzaron los indios arremolinar al derredor del dicho Atahuallpa porque no le tomasen y los españoles no hacían sino herir ymatar”, relata un testigo huascarista. Mientras que Xerez dice: “todos los que traían las andas de Atahuallpa pareció ser hombres principales, los cuales todos murieron, y también los que venían en las literas y hamacas; y el de una litera que era su paje y señor a quien él mucho estimaba (el de Chincha); y los otros eran también señores de mucha gente y consejeros suyos; murió también el señor de Cajamarca. Otros capitanes murieron (en) gran número”. Unánime fue la admiración de los cronistas por aquellos heroicos incaicos. Pero el sacrificio fue vano. Al cabo, Atahuallpa fue capturado: “El marqués fue a dar con las andas de Atahuallpa y el hermano (Hernando) con el señor de Chincha, al cual mataron allí en las andas; y lo mismo fuera de Atahuallpa si no se hallara el marqués allí, porque no podían derribarle de las andas, que aunque mataban los indios que las tenían, se metían luego otros de refresco a sustentarlas, y de esta manera estuvieron un gran rato forcejeando y matando indios y, de cansador, un español tiró una cuchillada para matarlo, y el marqués don Francisco Pizarro se le reparó, y de reparo le hirió en la mano… a cuya causa el marqués dio voces diciendo: ʺNadie hiere al indio so pena de la vidaʺ. Entendido esto, aguijaron siete a ocho españoles y asieron de un borde las andas, y haciendo fuerzas las trastornaron a un lado, y así fue preso el Atahuallpa”. Dos horas, desde las cuatro de la tarde aproximadamente, duró la matanza, hasta que ‐dice Juan Ruiz de Arce‐ “Andando los de a caballo alanceando por la vega, siendo ya de noche, tocaron una trompeta (para) que nos recogiéramos al real”. No se sabe con precisión cuántos indios murieron en aquella espantosa carnicería. Tal vez fueron ocho mil, tasajeados por las espadas, pisoteados por los cascos de los caballos, asfixiados, acuchillados por los indios pro‐españoles y negros o destrozados por las mandíbulas de perros antropófagos. De lo que no cabe duda es que ese día se inició la historia del genocidio en el Perú. En otro orden de cosas, sólo ese día, según la Relación Francesa, “el botín que entonces fue tomado (se) estim(ó) en cuarenta mil castellanos de oro y treinta mil marcos de plata y hubieran tenido más si no hubiera sido de noche”. Versiones de los soldados allí actuantes dan cifras distintas: Hernando citó cuarenta mil castellanos de oro y cinco mil marcos de plata; Xerez siete mil marcos de plata y catorce esmeraldas y Mena cincuenta mil pesos de oro. El amanecer del 17 de noviembre de 1531 ofreció en Cajamarca un cuadro horripilante. Sobre un suelo tinto de sangre podía verse, inertes, multitud de cuerpos, y brazos, piernas y cabezas desprendidas de ellos. No había para los invasores enemigo a la vista.
Rumi Ñahui, a la cabeza del ejército que se estacionó en las afueras de la ciudad, marchaba ya camino a Quito, dolido de que Atahuallpa, desoyendo sus advertencias, hubiese caído en una trampa. Sin armas mayores, puesto que éstas quedaron en el campamento, y tras escuchar los increíbles relatos de los sobrevivientes de la masacre, entendió que hubiese sido suicida enfrentar a los españoles. Pero al retirarse, el bravo adalid atahuallpista hacía solemne promesa de hacerles la guerra, una vez que sus tropas se reoganizaran.