REAPARICIÓN DE MAICAVILCA

REAPARICIÓN DE MAICAVILCA. QUEJAS DE GUACHAPURO. LOS INVASORES A LAS PUERTAS DE CAJAMARCA. Todo el día siguiente, ininterrumpidamente, avanzó la hueste invasora, para detenerse recién al caer al caer la noche, al llegar a unos pueblos que “cerca de allí en un valle (se) halló”: Estaban en Pallaques, donde pernoctaron. Gran sorpresa causó a la mañana siguiente la reaparición de Maicavilca en el campamento español. Su comitiva conducía esta vez diez ovejas, “para sustento de los cristianos”. Mostró nuevamente el orejón su atrevida desenvoltura: “parecía hombre vivo, relataría Xerez”. Pronunció Maicavilca grandes loas para Atahuallpa y su victorioso ejército. No quiso ser menos que Pizarro en cuestión de bravatas. aunque luego le dijo “que Atahuallpa le recibiría de paz y… por amigo y hermano”. Ofreció a continuación un brindis a los capitanes españoles y todos bebieron chicha en vasos de oro fino que también trajo el oble incaico. Después anunció que seguiría desde allí con los cristianos, hasta llegar a Cajamarca. No objetó Pizarro esa decisión y continuaron la marcha. Poco después llegaron a un pueblo donde vieron “unos aposentos del Inca”, decidiendo descansar allí un día. A dicho asiento llegó en ese lapso Guachapuro, el embajador tallán de Pizarro. Su presencia vino a agitar la relativa tranquilidad del campamento. Acusó el costeño a Maicavilca de ser desleal y de estar conduciendo a los cristianos hacia una trampa, porque a las afueras de Cajamarca les esperaba gente de guerra de Atahuallpa. Intentó incluso golpear al orejón, como queriendo dar más fuerza a su denuncia. La actitud de Guachapuro era consecuencia del resintimiento que abrigaba por haber sido despreciado en Cajamarca, donde Atahuallpa, por más que se anunció como embajador de Pizarro, no se dignó recibirlo. El tallán no quiso que sus aliados lo tuvieran por incompetente y por eso informó haberse entrevistado con un funcionarios incico de menos jerarquía. En verdad lo que quiso hacer Guachapuro en Cajamarca fue meter miedo a los incaicos: “Le(s) dije que los españoles son valiente hombres y muy guerreros; que traen caballos que corren como el viento, y (que) los que van en ellos llevan unas lanzas largas y con ellas matan a cuantos hallan, porque luego en dos saltos los alcanzan, y (que) los caballos con los pies y boca matan muchos. Los cristianos que andan a pie, dijo, son muy sueltos, y traen en un brazo una rodela de madera con que se defienden y jubones fuertes colchados de algodón y unas espadas muy agudasque cortan por ambas partes de golpe un hombre por medio, y a una oveja llevan la cabeza, y con ella cortan todas las armas que los indios tienen; y otros traen ballestas que tiran de lejos, que de cada saetada matan un hombre, y tiros de pólvora que tiran pelotas de fuego, que matan mucha gente”. Este poderío bélico de los españoles, descrito sin exageración por Guachapuro, nada impresionó a los incrédulos atahuallpistas. Basados en los informes de sus espías, siguieron creyendo que los cristianos eran pocos “y que los caballos no traían lanzas”; de los negros y aliados nativos (guatemalas, nicaraguas, tallanes, cañaris, lambayeques, chimúes, etc.), contingente que sumaba millares de hombres, ni siquiera se habló. Guachapuro fue objeto de burlas y hasta quisieron agredirlo por haberse unido a los invasores. De todo eso dio cuenta el tallán ante la presencia de Maicavilca, en ese pueblo que acaso fue el que hoy llamamos San Pablo. Lleno de rencor, Guachapuro dijo a Pizarro: “Tengo razón de matar a éste (Maicavilca), porque siendo un llevador de Atahuallpa, como llevan dicho que es, habla contigo y come en tu mesa, y a mí, que soy hombre principal, no me quisieron dejar hablar con Atahuallpa ni darme de comer, y con buenas razones me defendí que no me mataran”. El tallán estuvo ciertamente a punto de ser muerto en Cajamarca y sólo salvó diciendo que si eso ocurría igual suerte correría los embajadores atahuallpistas en el campo español. Pizarro zanjó rápidamente esa disputa, calmando los ánimos. No le convenía apoyar al tallán, su aliado, y fingió disgustarse con él para agradar al orejón. Maicavilca entendió bien esa farsa. Luego explicó a Pizarro que el pueblo de Cajamarca había sido desocupado precisamente para dar cómodo alojamiento a los cristinos y que Atahuallpa, a la cabeza de sus guerreros, acampaba en las afueras “porque así lo tenía de costumbre desde que comenzó la guerra… asegurando que… estaba esperando de paz”. A todas luces, Maicavilca no quería que fracasase su tarea de conducir a los invasores a la trampa de Cajamarca. Al día siguiente se reanudó la marcha. Caminaron hasta llegar al llano de Zavana (¿Chetilla?), donde acamparon sabedores de que se hallaban a medio día de Cajamarca. Poco después, nuevos embajadores de Atahuallpa, portadores de comida, los visitaban. La noche se pasó en ese lugar. Al amanecer Pizarro tenía a su hueste formada en orden de combate. Los temores crecían y ‐cuenta Xerez‐ “el gobernador puso (a su gente) en concierto para la entrada en el pueblo e hizo tres haces de los españoles de a pie y a caballo”. Antes de proseguir la marcha, envió emisarios indios ante Atahuallpa, anunciando su llegada. El Inca, a la sazón, “estaba en una casa de recreo” (baños de Cunoc), cercana a su campamento, apostado a orillas del río Grande o de Cajamarca. Allí recibía continuos chasquis enviados desde la ciudad por el curaca Carbacongo. Refiere Pedro Pizarro que distaban media legua los baños del lugar donde se habían instalado las tropas incaicas conformadas ‐dice‐ “por más de cuarenta mil indios”.