SANGRIENTO COMBATE A ORILLAS DEL RÍO TUMBES

SANGRIENTO COMBATE A ORILLAS DEL RÍO TUMBES. PATRIOTAS SE TRASLADAN AL INTERIOR PARA CONTINUAR LA RESISTENCIA. A la sazón, los tumbesinos que Chirimasa dejara en retaguardia se habían ya retirado en su demanda, para no caer en manos de los jinetes que exploraban todo los rincones de esa parte del río. Así, pues, el jefe tumbesino no pudo informarse de que una gran balsa de madera terminaba de ser construida por sus enemigos. Informado por indios espías que los de Tumbes se hallaban bastante descuidados, salió Soto combatirlos, a la cabeza de cuarenta jinetes y ochenta peones españoles, según datos de Xerez, militante de la hueste. El cruce del río demoró “desde la mañana hasta la hora de vísperas”, pues se llevó a cabo en varios viajes. Buen número de guerreros nicaraguas y guatemalas salieron también con los cristianos y no faltaron algunos renegados tumbesinosque se prestaron a servir de guías. Como capitanes de todo ese ejército, que contando españoles e indios pasaba del millar de hombres, iban, además de Soto, jefe principal, Juan Pizarro, su hermano Gonzalo y Sebastián de Belalcázar. Llevaban orden de guerrear a muerte con los de Tumbes, pues “dice la crónica española‐ eran rebeldes y habían muerto a los cristianos”. Absurda justificación, que hasta el rey hispano y el Papa habían legalizado por sendas células y bulas pontificias. Claro que los de Tumbes de ninguna manera sabían aquéllo y, de haber escuchado el Requerimiento, seguro habrían respondido que tomando las armas contra los cristianos no eran rebeldes a nadie sino que defendían sus tierras cultura. Chirimasa cometió el fatal error de no colocar centinelas en su campamento. Confió excesivamente en que los invasores no se atreverían a pasar el río. Y lejos estaba de suponer que, a diferencia de los antiguos peruanos que jamás combatían de noche, el enemigo era experimentado en sorpresas nocturnas. Por ello, casi sin poder oponer resistencia, el grupo de sus guerreros fue masacrado en un inesperado ataque de los cristianos. La crónica española relata que “dando una trasnochada muy trabajosa, por ser el camino muy angosto y de espesos montes y de espinos dieron (los de Soto) cuando amanecía sobre el real de los indios, haciendo cuanto daño pudieron en él”.
Fue una verdadera masacre ‐a decir del testigo Juan Ruiz de Arce‐ porque alcanzamos la gente y “alanceáronce muchos”. Cieza por su parte anotó que se “mató algunos indios y cautivó más”. Pero Chirimasa y seiscientos de sus guerreros lograron salvarse del cerco y se fortificaron en una sierra cercana, dispuestos a continuar la resistencia. Luego de saciar su sed de venganza en la sangre de los tumbesinos sorprendidos, Soto partió en persecución de los que habían logrado huir. Pero la fortaleza que éstos ocupaban era tan inaccesible que ‐según anotación de Zárate‐ hubo todavía “quince días de cruda guerra a fuego y a sangre por los tres españoles que se sacrificaron”. No sólo los sitiados de Chirimasa combatían a los de Soto; de los alrededores concurrieron también a resistirles otros destacamentos de valentísimos nativos, muriendo muchos de ellos en los desiguales combates con el enemigo. Finalmente, esa resistencia marginal fue totalmente arrollada y Chirimasa se vio en grave aprieto. Tuvo junta de guerra con sus principales lugartenientes y allí expuso que era necesario fingir que aceptaban la paz, pues de otro modo todos serían liquidados. Así lo relata Cieza, señalando que la mayoría de los tumbesinos “como viesen cuan a pecho los españoles tomaban el quererles dar guerra, pues de tan reposo se encontraban en su tierra, y como Atahuallpa no enviaba ni venía contra ellos… acordaron… ofrecer la paz… porque de otra manera destriríandos y robaríanles su villa, que era gran trabajo para ellos ver tal calamidad”. Se alzaron empero voces de patriotas radicales que reclamaron continuar la guerra, pero la mayoría se adhirió al parecer de Chirimasa. Luego el curaca tumbesino despachó mensaje a Soto “diciendo que si le perdonaban, que él vendría de paz”. Lo hizo ‐aclara bien la versión de los vencedores ” viendo el gran daño y destrucción que los cristianos hacían en toda la tierra”. Hasta envió un indio para que dijera a los españoles que él nada tenía que ver con el alzamiento, que había militado en él contra su voluntad: “Chirimasa es amigo de los cristianos” ‐dijo el mentiroso mensajero‐ “y continuo lo fue y él desea serlo ahora”. El astuto Soto bien comprendió que “la paz de Tumbes (era) hecha por no verse matar ni perder ni ranchear su valle”. Varios de sus hombres tuvieron igual parecer. Sin embargo, al final todos los españoles coincidieron en que la paz con los nativos era muy necesaria, pues ellos los proveerían de “guías y (cargueros que) ayudasen a llevarles el bagaje”. Los nicaraguas y guatemalas habían disminuido muchos luego de los combates, y más bien eran guerreros que no hombres de carga. Pensaban los cristianos que los vencidos en Tumbes eran más aptos para tal tarea, y que esa sería una señal de sometimiento. Así pues, Soto aceptó la oferta de Chirimasa, dándole garantías por su vida y la de los que con él depusiesen las armas. Juan Ruiz de Arce, compañero de Soto, explicaría así el acuerdo: “por la necesidad que de él teníamos… enviámosle a decir que viniese sin temor alguno”. Siguiendo las antiguas costumbres, poco después salía Chirimasa al encuentro de los vencedores portando “un gran presente de muchas joyas de oro y plata, entendiendo aplacarlos, y el curaca vino a darles obediencia”. Tras él salieron varios otros “principales de Tumbes (que) vinieron a las con algún presente de oro y plata”. De allí en adelante ‐narra un conquistador‐ “fueron mucho nuestros amigos”. Con sus preciosos aliados volvió Soto de inmediato al pueblo principal de Tumbes. Allí Francisco Pizarro le “hizo buen recibimiento” y concedió perdón a los tumbesinos “en nombre de su majestad” ordenándoles “llevar de la otra parte del río el mantenimiento, que tan necesario era a su hueste. Chirimasa, humillado, tuvo que acatar el mandato. Él y su pueblo se habían condenado a servir de por vida a los nuevos amos. Pero hubo grupos tumbesinos que no consintieron la capitulación, por más obligada que hubiese sido. antes que rendir pleitesía a los invasores y sin ser molestados por Chirimasa, ellos se retiraron a la sierra, para continuar desde allí la resistencia.